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La paranoia de Diamond City

  

Fallout 4 nos presenta a Diamond City como la joya verde de la Commonwealth, el lugar más próspero y seguro en cientos de kilómetros a la redonda. Su alcalde, que nos recibe a las puertas de la ciudad, asegura que allí se puede encontrar cualquier cosa y nos desea una estancia agradable.

Si hablamos con algunos de sus habitantes, nos comentarán que las grandes murallas que la rodean les aportan una gran seguridad frente a saqueadores, supermutantes y cualquier clase de enemigo. Y es cierto que estos muros son enormes. ¿Qué podría hacerles daño?

Desgraciadamente, esta máscara de confianza desaparece poco después de haber llegado con un desagradable incidente en la plaza del mercado: un hombre apunta con un arma a su propio hermano gritándole que sabe que ha sido sustituido por un synth, un androide. En vistas de su ataque de locura, la guardia de la ciudad no tiene más remedio que matarlo antes de que hiera a algún inocente.

Aquí nos damos cuenta por primera vez de que el principal enemigo de Diamond City está en su interior y es la paranoia.

En las puertas de la ciudad nos habíamos encontrado con Piper, una periodista a la que no querían dejar entrar en el recinto por orden expresa del alcalde. Este momento puede parecer incluso gracioso porque la presentan como la típica conspiranoica que se dedica a crear falsas alarmas entre los ciudadanos. Y, aunque en parte es así, está claro que tiene más razón de la que podíamos imaginar en este primer encuentro.

Ella cree que el Instituto, una misteriosa asociación conocida por haber creado a los synth, está introduciendo a estas máquinas con aspecto asombrosamente humano entre la población, secuestrando y sustituyendo a ciertas personas con macabras intenciones. De hecho, ha publicado más de una historia en este sentido y algunos la acusan de haber sembrado el pánico hasta el punto de haber provocado la locura del hombre el que vimos amenazar a su hermano.

Y, sí, esta es una crítica a la prensa sensacionalista que crea alarmismo innecesariamente (¡anda que no lo entendemos bien precisamente ahora!), pero también se cuestiona hasta que punto la libertad de prensa existe porque, como sabremos más adelante si hacemos las misiones de la historia principal, Piper tenía toda la razón del mundo.

Pero este no es el meollo de la cuestión. ¿Por qué en Diamond City tienen miedo de los androides? La respuesta la podemos encontrar en un artículo del periódico de Piper o nos la puede contar Nick Valentine al hablarnos de cómo se ganó la confianza de la gente de la ciudad.

Al parecer, unos setenta años antes, un viajeron llegó al bar local, se tomó unas copas y contó algunas historias a los párroquianos justo antes de sacar un arma, matar al camarero y herir a varias personas. Cuando los guardias le abatieron, resultó que era sintético. Según la declaración de una testigo, antes de cometer este crímen hizo un gesto extraño con la cara, como si se hubiese “estropeado”.

Así las cosas, es fácil entender que esta paranoia no se debe a que la prensa publique o no noticias al respecto; está íntimamente enraizado en la memoria colectiva reciente el sospechar de cualquier movimiento extraño de un vecino o un familiar. ¿O no?

Porque, como ya he mencionado, Nick Valentine vive en Diamond City. Es más, es uno de los personajes más conocidos de la ciudad porque ha montado una agencia de detectives en la que, sobre todo, se encarga de resolver desapariciones. Y es en esta urbe llevan sucediendo misteriosas desapareciones desde hace tiempo, un asunto que Piper achaca al Instituto pero que el alcalde no parece interesado en resolver. En realidad, el juego no nos da una explicación satisfactoria respecto a esto, pero podemos suponer que algunas de esas personas se marcharon por voluntad propia y otras fueron asesinadas.

Pero la sensación de paranoia que reina tras esos muros va mucho más allá.

Hace poco tiempo, el alcalde decretó que todos los residentes necrófagos debían abandonar Diamond City inmediatamente. La medida se basó, única y exclusivamente, en el miedo a que uno de ellos se volviese salvaje de pronto y atacase a alguien.

¿Había sucedido algún incidente, como la vez anterior, para justificar este miedo? ¿Es que alguno de sus ciudadanos o visitantes había perdido la cabeza? No. Este medida nació unicamente del miedo al que es distinto.

Pero este racismo, porque no hay otra forma de catalogarlo, lo comparten también con un grupo muy extendido no solo en la Commonwealth, sino en todo el Yermo. Me refiero a la Hermandad del Acero, que intenta compilar la tecnología y ponerla a buen recaudo por el bien común… de la raza humana.

Para ellos, las personas son exclusivamente humanos. Los necrófagos, los supermutantes y, muy especialmente, los synth, son cosas a las que erradicar porque son, sencillamente, el otro.

Lo mismo sucede con el Instituto, que solo busca el bienestar de la humanidad, siempre bajo sus propias reglas. Aquí los synths son herramientas a las que utilizar a placer. De hecho, durante la misión principal podemos ver varios ejemplos de humanos y cazasynths aleccionando a sus esclavos sintéticos por tener sentimientos y amenazándoles con reprogramarles.

Otros asentamientos de la Commonwealth no han tenido, afortunadamente, los mismo problemas de paranoia y racismo. Tienen problemas muy similares, sí, pero afrontados de una formar totalmente distinta. Por ejemplo, en Bunker Hill todos tienen la entrada permitida y muchos de sus ciudadanos están implicados en las acciones del Ferrocarril, que busca ayudar a los synths. Y, por supuesto, el mayor exponente de la diversidad, es Goodneighbor, que se creó como hogar para los que son distintos. En sus calles se entremezclan androides, humanos, necrófagos y, si se diese el caso, también supermutantes. La única norma es no causar problemas.

Por todo esto, Diamond City se nos revela como la ciudad más grande y mejor protegida de todo Boston, sí, pero también la peor para vivir, si me preguntáis a mí.


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