Horowitz es uno de mis pianistas favoritos y, en cierto sentido, el mejor de todos los tiempos. La delicadeza con la que es capaz de interpretar hace que puedan brillar obras que para la mayoría de pianistas resultarían sosas.
No es algo que consiga a costa de técnica, ya que tiene una habilidad para ejecutar múltiples voces y destreza impropias tanto de un intérprete tan emocional como de alguien de la edad con la que esto se grabó. La madurez no pareció pasarle factura.
Quizás sea por tanto el intérprete perfecto para la versión de Liszt de esta pieza de Schubert. La original de Schubert cuenta con una belleza en la melodía principal como pocas, pero puede resultar plana en manos de la mayoría. Liszt componía pura fantasía y floritura que salvo para los pocos a su altura puede resultar tosca en interpretación debido a la alta demanda técnica.
Esta interpretación es una de las mejores de la historia del piano, si no de la música en general. Horowitz es capaz de hacer brillar los puntos fuertes de ambos compositores para crear algo mejor que la suma de sus partes. Ambos se complementan y a su vez hacen brillar los mejores talentos del pianista.
Pura belleza.