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Pensamientos sueltos sobre Anime Mind

Desde hace años, cada vez que me paso por la sección de libros de youtubers en cualquier tienda, me quedo mirando los estantes. Es una sección que me fascina. Aquí se reúnen tanto las historias de aquellos que escriben para ganar un dinero extra como las de esos artistas, cuentacuentos y narradores que, ahora que gozan del megáfono que da la fama, quieren hablar. Lo que me fascina de esas obras no es tanto el contenido per se sino la manera en que se relaciona con sus creadores. Por eso no hago este texto para criticar a Kalathras; en su lugar, me interesa mucho más hablar sobre cómo percibe el mundo y cómo lo presenta, qué ideas transmite sin siquiera saberlo, quién es él y su audiencia. Habiendo dicho esto:

Lucky Star y Nichijou son dos comedias centradas en la relación entre realidad y ficción. En Lucky Star la realidad se proyecta en la ficción: Konata compara hacer deporte con los quicktime events y fantasea sobre cómo el comienzo de la primavera trae la promesa de un romance igual que en una visual novel, pero al final nada de eso trasciende la imaginación de una chica de instituto. Konata baila el Hare Hare Yukai con la distancia de una mesa al fondo en un bar y el eco de una sala amplia. Yendo en dirección opuesta, Nichijou centra su comedia en la ficción proyectándose sobre la realidad: Yuuko es castigada al pasillo y el tedio es interrumpido por una escena de creciente surrealismo cuando, primero, aparece un ciervo en el jardín de su instituto, segundo, el director intenta ganarse su amistad y, tercero, cuarto y quinto, comienza una creciente pelea con efectos de Street Fighter IV en la cual el director revela llevar un chaleco protector y vence a su oponente con llaves de lucha libre. Anime Mind camina por la cuerda floja de esa relación, pero parece quererlo todo: en una escena Kalathras, youtuber, guionista y protagonista del proyecto, se encuentra con que dos fans le han seguido hasta la puerta de su casa y, debido a su extraña condición, comienza a fantasear sobre cómo estas dos hermanas en realidad son nekomimi en bikini que quieren montarse un trío salvaje con él. Kalathras logra resistir la tentación de seguir esa fantasía y se hace una foto con ellas para luego despedirlas, pero más adelante se descubre que, en efecto, las dos están locamente enamoradas de él y una de ellas realiza un ritual mañanero en el que se planta desnuda frente a su televisor y lo abraza mientras lame la pantalla.

No finjáis ahora que no lo habéis hecho nunca.

“Anime mind” es el nombre que Kalathras pone a una condición cuyos síntomas se manifiestan en situaciones donde el cerebro puede realizar una conexión con el anime. Entonces la imaginación toma el control y él queda incapacitado durante tantos minutos como dure su fantasía. Es un nuevo Walter Mitty, un chico que sueña despierto a niveles tan profundos que es incapaz de funcionar. Pero en weeaboo. La historia arranca con Kalathras recién salido de una relación quebrada precisamente por culpa del “anime mind”, paseando por las calles mientras piensa en cuántas horas dedica y tendrá que seguir dedicando al anime. Hablando con su psicóloga él confiesa: no puede parar de ver anime porque es su trabajo. Es su vida. Kalathras está aprisionado y pasa la mayor parte del primer volumen intentando lidiar con la forma en la que funciona su cerebro, pero las líneas que demarcan realidad de ficción y si esto es algo deseable o no son difusas.

Anime Mind, la obra y no la condición, celebra lo que significa ser otaku: Makoto, amigo de Kalathras, viste camisetas con logos del estilo “waifu is life” y hablan en términos identitarios, de si está a la altura de lo que significa ser otaku, que por qué no hace algo si tiene sentido siendo él otaku. Llegado un punto, la obra frena porque hay una visual novel tan difícil que se ha convertido en un e-sport y Kalathras participa en esta competición. Los personajes hablan constantemente sobre ese videojuego y, sin embargo, en ninguna de estas conversaciones se entrevé una reflexión o comprensión de qué implica ser otaku. Eres otaku porque haces lo que un otaku, y los otaku hacen equis porque es lo suyo. La condición misma de “anime mind” no parece ser una molestia más allá de sobrescribir la voluntad de Kalathras: fuera de su mente los engranajes del universo se mueven al ritmo de un opening con j-pop a todo volumen. La cámara revela las bragas bajo la falda de una de las susodichas fans que siguen a Kalathras a su casa, los personajes se reúnen y conspiran en parques de cuidada estética para tramar venganzas que se hablan en términos ambiguos. Hay un matón de pelo corto con un bate de baseball. La realidad se proyecta en la ficción y la ficción en la realidad, y Kalathras no parece estar seguro de qué es lo que quiere realmente, si solaz lejos del anime que compone su vida y trabajo o una integración que le permita apuntar al cielo con gafas puntiagudas mientras grita si no sabéis quién coño es él. 

Quizá lo que Kalathras busca es paz en su vida sentimental; tras su ruptura conoce a una chica llamada Satomi que, en efecto, parece salida de un manga. Ama los videojuegos, es atractiva, dulce, friki… Como él no deja de recalcar, “es perfecta”. Incluso comprende la confusión de “anime mind” ya que ella padece algo parecido: una distorsión perceptiva que ella llama “love mind” y que, de alguna manera, le permite ver lo que Kalathras vive cuando la fantasía toma el control. Pero Satomi no existe aparte de la ficción sino que está integrada en ella: viste como una lolita gótica, responde a un seudónimo japonés y parece estar cómoda con su “love mind”. Es un perfil similar al de Narumi Nakamoto, idol ficticia de la banda virtual Kawaii Monster Team que cobra vida como tulpa gracias a “anime mind”, y sin embargo Kalathras la resiente. Su personalidad es más hiperactiva e infantil, pero quizá la línea que más la separa de Satomi es que una es real mientras que la otra sólo existe como figura coleccionable. La ficción, una vez más, solapada con la realidad: Kalathras desea que esto sea así, pero su cerebro le interrumpe. El problema no es la evasión sino la pérdida de control, y más adelante Kalathras conoce a un hombre que ha dominado su condición y es capaz de proyectarla en la realidad para lanzar ondas vitales. Es en ese momento en que una conversación revela lo que parece ser el mensaje subyacente de Anime Mind: “Existen varios tipos de personas en este mundo: gente normal, que vive vidas normales y se preocupa por temas normales, cuyos sueños no suelen destacar por encima de la media. Luego está la gente especial. Sí, estoy seguro de que muchos serán considerados parias, y la gran mayoría de ellos jamás podrán alcanzar esa vida tan especial que ansían. Tu mente, al igual que la de todos ellos, está llena de fantasía, explosiones, mundos paralelos, mechas gigantes… pero a ti, al igual que a mí, se nos ha concedido el derecho de ir un paso más allá”.

Todo bien.

Anime Mind, pues, quiere que nos perdamos en el anime y proyectemos su ficción en nuestra realidad. Sus personajes actúan y gesticulan como en una obra japonesa, el viñeteado sigue la misma estructura acelerada y caótica del manga shônen y la realidad siempre está teñida. Hay algo detrás, problemas externos, enemigos a vencer, personas que llevan años deseando a unos y otros desde las sombras, celos, conspiraciones y venganza. Lucky Star utilizaba esta proyección de la ficción sobre la realidad para traer alegría y comparar lo maravilloso del anime frente a lo mundano de la realidad. La comedia viene del absurdo de cómo Konata no pulsa botones al correr pero, al idearlo como un quicktime event, de alguna forma es capaz de sacar buenos resultados. Kalathras, sin embargo, parece perderse en textos en inglés impresos en paredes y suelos para transmitir su dolor, referencias para exagerar y confundir sobre lo que ocurre en su vida y, puede ser, refugiarse en la excusa. Llegado un momento una fan persigue a Kalathras con una motosierra y termina por alcanzarle; cuando él vuelve a la realidad, la está besando. Kalathras luego confiesa su error a Satomi y ella, sorpresa, le perdona e incluso le ofrece un regalo. Luego llora y su rostro se quiebra, pero su dolor profundo no permea o hace que él cambie. Es un error, un accidente culpa de “anime mind”. 

“Yo sólo seguía órdenes”.

Es casi sintomático que, con todo, la relación entre Kalathras y Satomi, que ocupa la mayor parte de Anime Mind, reciba al mismo tiempo tan poca atención. Las consecuencias se conocen mejor que las causas y sabemos que ella es guapa y friki y que sabe perdonar sus errores, que es paciente. Satomi sabe recibir. Kalathras ocupa demasiado tiempo del guión explayándose en escenas de acción demasiado largas; el primer volumen abre con una pelea contra un vagabundo que se extiende a lo largo de 14 páginas, las mismas que dura el enfrentamiento final en el torneo por ver quién es el mejor jugador de una visual novel. Hay espectáculo visual, pero poca sustancia; igual que “anime mind” impide que Kalathras perciba la realidad, el lector se pierde en estas peleas y combates cuya conclusión es casi siempre su evidente falsedad. Es posible que esta sea la intención, desorientarnos en este caos hasta olvidar qué ocurre y percibir sólo trazas de nuestra realidad, que Satomi esté ahí como entidad pero no como persona. Las mujeres son aquí consumidas y exhibidas, waifus a proteger y no entender, premios que desbloquean logros y finales épicos a una visual novel. Satomi, con todo lo que significa para Kalathras, significa poco para la historia y su dolor pasa a un segundo plano cuando su chico tiene que jugar a videojuegos.

Anime Mind me atrajo porque no hay un tercero. Es el guión de Kalathras, su idea y perspectiva, y está claro que él ama el anime, que lo conoce a él y su audiencia. Pero hay muchas formas de acercarse a un medio que amas, y la de Kalathras se antoja acrítica. No es tanto una obra anime como otaku. Celebra su identidad al mismo tiempo que, quizá sin darse cuenta, muestra sus problemas. Es una obra sobre cerrarse al mundo por querer vivir en otro, pero también ojalá vivir en esa ficción, y ojalá pudiera lanzar ondas vitales por la calle. Es tensión entre ambos mundos. Todavía falta un último tomo y no deseo nada más que callarme ante una conclusión contundente: todavía no se ha entregado el final de esta tesis sobre qué significa ser otaku. Quizá el remate muestre a Kalathras aprendiendo de sus errores y consagrando su relación con Satomi. Pero Kalathras lleva dos tomos mostrando una cierta visión de la realidad y la ficción, no en equilibrio sino en una mezcla imposible. Su tesis se oculta en cómo resolverá esa tensión.

Comments

Lo leí con tu voz narrativa de los videos en mi cabeza y dije: "joder esto queda bien para un video xD, seria bueno que lo hicieras y o esperara a la tercera parte para hacerlo xD. Pero quien soy yo para decir esto xD

Chris Lioneel

Sí, quizá lo haga.

Dayo

Se ve interesante, escribirás la conclusión de tus pensamientos sobre la obra cuando salga el 3er tomo?

Leo

Cuando empiecen los envíos de las copias físicas.

Dayo

PD: cuando empiezas a mandar las copias digitales de protagonista que ya me muero por leerlo

Daniel Mendoza

dejando eso de lado, pues me lo pintas mas interesante de lo que creia, igul hasta lo comprro cundo salga la 3r parte

Daniel Mendoza

espera, este mamga va sobre el competitivo de Catherine?

Daniel Mendoza


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