Trabajando con la Belladona, la dama negra
Added 2023-08-18 12:35:00 +0000 UTC¡Buenas tardes a todos!
Hoy os invito a acompañarme en mi práctica a lo largo del hallazgo y el trabajo con una planta aliada a la que tengo un enorme respeto. Como os gustó mucho la publicación anterior en la que combiné la fotografía y el texto para mostraros un poco de mi trabajo mágico, hoy os traigo el mismo formato. ¡Vamos allá!
Advertencia: la planta de la que tratará esta publicación, la Atropa belladonna, posee una toxicidad mortal a dosis pequeñas. Con estas publicaciones no hago apología del uso de esta planta ni otras de similar toxicidad; no os recomiendo el trabajo con ella ni esta es una guía de ello, simplemente es una exposición honesta de mi práctica personal. La interacción con esta planta sólo debería ser llevada a cabo por personas con una amplia experiencia y conocimiento de especies solanáceas como la presente, con una gran gestión del riesgo y comprensión de cómo su exposición en distintos formatos afecta al propio organismo.
Este proyecto comenzó de manera completamente inesperada, guiada a todo parecer por los susurros de los espíritus. Me pasé todo el día de San Lorenzo con la vibrante sensación de que debía acudir a un determinado y célebre lugar sagrado de mi tierra, quizá como una pequeña peregrinación para tomar distancia, perspectiva y claridad. Por otro lado, dado a que al día siguiente serían muy visibles las Perseidas, había quedado con un amigo en ir a verlas; al plantear dónde acudir, me propuso directamente justo el lugar al que yo llevaba todo el día dando vueltas. Pensé que debía ser una señal de guía que ambos hubiéramos pensado lo mismo, así que allá fuimos.
No os desvelaré el lugar concreto porque la belladona es una especie escasa y, sabiendo que me sigue mucha gente, no querría mandar hordas de practicantes que pese a llevar la mejor intención terminaran causando una cosecha excesiva y ello perjudicara la pequeña colonia que hay en ese territorio, el único en el que he hallado de forma natural esta planta; sólo os diré que es un área montañosa dotada de un folklore riquísimo y un lugar sagrado y de culto local desde la más remota antigüedad.
Llegamos con las últimas luces del día y tras pasear por el santuario, en el que se escuchaban las voces de los monjes cantando a puerta cerrada, decidimos tomar un pequeño sendero que nos llamó la atención a ambos, sin iluminación, para encontrar un lugar desde el cuál ver bien el cielo.
Y ya en la oscura noche, con el mísero halo de la linterna, sentí esa sensación. Esa sensación de que un espíritu poderoso y conocido estaba cerca de mí. Resulta curioso, porque he hablado de esta sensación con otros compañeros de práctica mágica botánica y parece que es bastante común sentir a ciertas plantas de energía fuerte como si te llamaran antes de verlas, a veces incluso guiándote hacia ellas. Por lo que me han contado y lo que he vivido, una planta que lo hace mucho es el estramonio, pero la belladona no se queda atrás.
Me detuve un momento y el halo de la linterna iluminó delante de mí, en el borde del camino, una espléndida belladona. Pese a los metros que aún nos separaban y la espesa oscuridad, la reconocí al instante.

Como os digo, era conocedora de que la planta se da en la zona, pero en la incursión que hicimos el año pasado en su búsqueda tuvimos que andar una ruta de dos horas para encontrarla. Encontrarla en la linde del camino, a apenas unos minutos del aparcamiento, fue francamente alucinante.
Como consejo os digo: dónde hay una, hay más. Peinamos la zona y encontramos un par más cerca de una cueva. Como planta ctónica por excelencia, le gustan los lugares sombríos, los bosques y estar cerca de cuevas y entradas a las profundidades de la tierra.
La sensación siempre que me he topado con ella es de una grandísima reverencia; me inspira a arrodillarme e inclinar la cabeza. Su energía es potente y regia. Medité unos instantes a oscuras, junto a ella, y comprendí que el encuentro no había sido casual, y que las sincronicidades nos habían llevado a encontrarla bajo la lluvia de estrellas en aquél lugar sacro. Le pedí con el mayor respeto recolectar algunos de sus frutos para trabajar con ellos y obtener semillas que sembrar y cuidar, ya que la vez anterior no se encontraba en fructificación cuando la encontré. La sensación fue de aceptación.
No llevaba ninguna ofrenda especial, porque mi intención no era recolectar aquella noche, pero sí llevaba una botella de agua y una lanceta que siempre guardo, por si acaso, en la cartera (consejo de bruja tradi, jaja!). Vertí unas gotas de sangre en el agua y la entregué como presente.
También le recé, pidiéndole guía y enseñanza al haber sido guiada hasta ella en este momento, y le pedí su bendición para que de sus semillas brotaran sanos sus hijos bajo mi cuidado.
Tomé únicamente siete frutos maduros.

Cuando regresé a casa al día siguiente estuve valorando diversas opciones de trabajo con ellos. En primer lugar, mi prioridad eran las semillas para poder reproducirla y en el futuro poder trabajar con ella con más calma y acompañándola durante todo su ciclo vital.
Los frutos parecen muy carnosos, pero tienen una enorme cantidad de semillas, lo que deja poca pulpa tras sacarlas. Abrí los primeros frutos, saqué las semillas y las fui dejando en una servilleta, y eché en un frasco la carne resultante con alcohol de 96º para intentar conservar el pigmento haciendo una tintura y de paso obtener un preparado más estable que los frutos frescos.

El compuesto colorante de la belladona es, por desgracia, muy inestable. Algo que ya sospechaba por mi formación en restauración (los pigmentos y colorantes vegetales, y más de tonos violáceos producidos por antocianinas, como es el caso, suelen ser muy inestables, fotosensibles y fáciles de oxidar, lo que se traduce en una pérdida rápida del color), pero con lo que me moría de ganas de experimentar.
Una tinta de belladona sería fantástica para escribir y trazar sigilos en materia de brujería, necromancia, protección, trabajo onírico, maleficio… ¡Tendría un sinfín de utilidades!

Probé con la extracción del zumo para ver cómo reaccionaba como tinte. Vale, sé que consejos vendo, que para mí no tengo, pero no hagáis esto sin guantes si no tenéis experiencia con la belladona en uso tópico (¡las manos bien lavadas después!). El efecto fisiológico se nota, y aunque en mi caso sólo ligeramente, os podéis llevar un susto. Si lo hago sin guantes es porque en el momento tenía el tiempo y el mindset adecuado para decidir tener una interacción directa con esta poderosísima planta aliada. Soy consciente del riesgo en sus diversos formatos de interacción.

El color es de otro mundo. Se me ocurrió que una práctica artística, mágica y ritual fantástica sería probar a pintar una imagen de ella con su propio zumo, de forma que generara una especie de fetiche o vaso de espíritu que me permita la conexión con ella tanto por magia de contagio como de semejanza, y se conserve en buen estado (ya que los frutos frescos son efímeros).

En proceso...

Líneas a tinta negra…

Terminado.
Durante la experimentación, me di cuenta de que tal y como sospechaba, el zumo es muy vulnerable a la oxidación. A más aporte de agua, que fui haciendo al trabajarlo como acuarela, más gris se vuelve, perdiendo su fantástico tono violeta. Mirad qué diferencia con las bayas pintadas un rato después:

Una verdadera pena que comenté con mi amigo Vini, mi consejero en química, pero para lo que vimos que había pocas opciones de estabilización. Cuando tenga una mayor cosecha, aún así, quiero experimentar con ello mediante métodos que se utilizan para conservar el colorante de otras bayas carnosas. Sospecho, además, que el pigmento será vulnerable a cambios de pH y podrán obtenerse otros tonos ante el aporte de un ácido o una base.
Por ahora, aunque no posea su violeta vibrante sino un tono más grisáceo, la tintura puede usarse como tinta de todos modos.
Por otro lado, en seco, el tinte parece más estable. Aún así, su exposición al oxígeno ambiental y a la luz me hacen sospechar que mostrará degradación en un tiempo corto. Me quedo expectante para averiguar la durabilidad de la tinta en seco. De momento, lleva un par de días sin cambios notables.

Para terminar, una vez secas, guardé las semillas extraídas. Voy a sembrarlas en diferentes momentos y de distintas formas para encontrar la mejor tasa de germinación. Por un lado, sembraré algunas a la vuelta de mis vacaciones, a principios de septiembre, imitando el proceso natural de la planta. Estos frutos caerían en este momento al suelo, se pudrirían, pasarían un frío natural en invierno y brotarían en primavera.
Por otro lado, probaré a sembrar algunas a finales de invierno, dejando que estratifiquen en frío durante menos tiempo pero pudiéndolas tener más controladas (las otras, al estar a la intemperie meses, es más fácil que se degraden o se pierdan).
Valoro probar la estratificación en frío artificial (teniéndolas en la nevera) si fuera necesario porque fracasen los otros dos sistemas, pero prefiero priorizar los procesos naturales.

Finalmente, sequé una de las bayas para incluirla en un pequeño relicario a modo de fetiche que me permita llevarla encima estos días. Dado a que siento que no fue un encuentro casual, me he tomado en serio la invitación al trabajo con ella y una gran forma de hacerlo es mediante su compañía. Con ello podré portarla, meditar con ella y tenerla al dormir, dejando que actúe a niveles sutiles de forma pasiva y también incentivando un trabajo activo consciente.

Sin más, espero que os haya gustado esta publicación y acompañarme en este rato. Me marcho mañana de vacaciones, así que os subo hoy esto para cubrir la semana que estoy fuera :)
Os mando un abrazo fortísimo a todos. Gracias por el apoyo, como siempre!!