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El cuerpo en la brujería


El sueño de la reina Catherine, Henri Fuseli

¡Buenos días a todos!

En primer lugar, me disculpo por la tardanza en subir contenido por aquí. Está siendo un verano difícil, intenso y caótico, pero hallar la concentración y el tiempo de escribir me ha resultado un desahogo y me ha brindado motivación y paz mental. Espero que os guste el artículo de hoy, estoy especialmente orgullosa de él. :) Pero ante todo, espero que os abra las puertas a nuevas ideas que para mi resultaron claves en mi evolución. Tengo mensajes vuestros acumulados, así que ahora me pondré a responderlos. Sin más, gracias por vuestra paciencia y comprensión. ¡Un abrazo!

Pienso que sentí un temblor de deleite cuando ella pronunció esas palabras. "Y deja que la carne instruya a la mente."
Entrevista con el Vampiro, Anne Rice


¿Sucede la brujería en cuerpo o en espíritu?

Esta fue una de las principales preocupaciones de los doctores de la Iglesia en el contexto de persecución de la brujería. La capacidad de separar el alma del cuerpo suponía un problema que difícilmente podía asumirse en un contexto teológico en el que el alma es aquello que anima el cuerpo y sin lo cual, éste perece. Existían, por supuesto, algunas excepciones a la norma en la historia de místicos y religiosos que habían viajado en espíritu a contemplar las delicias del cielo y los horrores infernales, pero tal suceso era siempre uno realmente insólito y que podía acontecer únicamente con el permiso directo de Dios, como revelación de su verdad para que el místico la diera a conocer al mundo.

¿Cómo podían entonces viajar en espíritu las brujas, si no con el permiso de Dios? ¿Tenía el Diablo ese poder sólo atribuido al Altísimo? ¿Qué quedaba pues, animando el cuerpo de esas mujeres si el alma deambulaba en la noche? Esta incoherencia para el paradigma cristiano del momento no era tal en el saber del pueblo, puesto que provenía de creencias paganas mucho más antiguas en las cuáles el viaje del alma (o de una parte de ella) era un elemento perfectamente reconocido y viable. En la Europa precristiana, esta alma rara vez era tenida por un ente incorpóreo e intangible, sino por un segundo cuerpo de naturaleza más sutil y maleable que el primero, pero igual de real y capacitado de afectar la realidad tangible: el doble. Podemos apreciarlo en testimonios tan curiosos como el descrito en la visión de Thurkill, del siglo XIII, en la que se cuenta del caballero irlandés Owein, que vio las torturas de los pecadores en el purgatorio “con los ojos carnales, físicos” (oculis carnis) tras haber salido de su cuerpo (eductus a corpore)[i]. Curiosa contradicción, ¿no?

La tangibilidad del alma quedaba patente en un sinfín de historias y leyendas que, igual que en muchas creencias chamánicas, reflejaban que podía ser herida por medios físicos y que, de suceder esto, los daños afectarían de alguna forma al cuerpo habitual. Uno de los motivos más populares en cuentos y leyendas sobre las brujas es precisamente el de la bruja que visita en la noche la casa de un vecino en forma de animal (normalmente, gato) y pese a entrar al domicilio con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto, o por el ojo de la cerradura (reflejo de la sutileza y maleabilidad del doble), tiene un cuerpo animal tangible y es herida de alguna forma por el vecino. Al día siguiente, las heridas efectuadas sobre el doble de la bruja se muestran en su cuerpo humano habitual, al que los vecinos hayan tendido en su cama (algo que invita a pensar que se ha tratado de un viaje del doble mientras este cuerpo permanecía en el lecho).

De nuevo, esto suponía una creencia opuesta al dogma de la Iglesia, en el que el alma es incorpórea y no puede ser marcada de ninguna forma. Por ello, aún en casos vividos por propios clérigos y místicos, solían cuestionarse u omitirse en el registro de esas experiencias místicas el regreso del viaje extático con heridas o estigmas, ya que suponían sin duda un elemento incómodo para encajar en el dogma[ii].

Así pues, desconocedoras de la propia coherencia de la concepción del doble, las primeras interpretaciones eclesiásticas de aquellas mujeres que decían volar en la noche consideraron dichos eventos no más que sueños, ilusiones y falsedades; en ningún caso un vuelo del espíritu real. Frente al cambio de paradigma acontecido a partir de mitades del siglo XIV, en que la brujería pasa a considerarse un crimen, el asunto tomó nuevas interpretaciones, y el viaje al aquelarre se convirtió en una realidad difícil de comprender, pero necesaria de condenar. Ello generó la discusión con la que abrimos el artículo: ¿Sucede la brujería en cuerpo o en espíritu?

La respuesta cómoda, tanto para la Iglesia (para no cuestionar el dogma) como para los organismos de poder (es más fácil condenar un crimen físico que uno intangible) fue forzar que el crimen se simplificara en reuniones satánicas clandestinas de cuerpo presente. Lo cual, por contradictorio que pueda parecer, tampoco iba tan mal encaminado en un sustrato pagano en el que el doble tenía cierta presencia física y en el que la tangibilidad o no de un suceso no lo convertía en más o menos real.

Sin embargo, la llegada del paradigma de la ciencia y la razón en la Edad Moderna terminó de romper la concepción ambigua del alma física. El pensamiento de Descartes, en el siglo XVII, estableció la clara separación entre el cuerpo y el alma, considerándolos entes estrictamente diferenciados y de distinta naturaleza. Por lo tanto, la brujería podía tan sólo suceder o en cuerpo o en espíritu, en ningún caso en una situación ambigua entre ambos. Según el nuevo pensamiento científico, si sucedía en espíritu, se trataría de ilusiones, sueños y falsedades; que sucediera en cuerpo, frente a las descripciones de vuelo y de sucesos maravillosos testificados, era un hecho imposible en el nuevo paradigma racional.

De todo este bagaje cultural nos han venido diversas creencias que simplifican y privan a la brujería de su verdadera magnitud:

En primera instancia, un hiperracionalismo que necesita aferrarse a pruebas físicas para considerar que lo vivido es real, y para el cuál los sueños y las experiencias vividas a través de otros sentidos carecen de la veracidad de lo físico y son sistemáticamente cuestionadas. De este tema ya hemos hablado ampliamente en anteriores artículos (como en Iniciación a la Brujería IV), por lo que no voy a insistir más en ello. Querer encerrar a la Otredad en nuestras normas racionales carece de sentido porque parte del supuesto de que conocemos todas las leyes naturales e hilos del tejido de la existencia, y que podemos predecir lo que es, por naturaleza, vasto e impredecible. Pedir pruebas tangibles constantes de la realidad de nuestras experiencias místicas es una trampa del ego para seguir sintiéndose en control y no enfrentarse al cuestionamiento de sus estructuras, de nuestra propia integridad. La Otredad se ríe de nuestra demanda de pruebas, y los espíritus juegan con nuestro anhelo.

En segunda instancia, una separación irreal de lo que es físico y lo que es espiritual. Lo espiritual sucede y es real, pero lo hace en espíritu, en el mundo intangible, en un “Otro Lado” fuera de esta realidad. Esto, que podría a todas luces parecer la opinión contrapuesta a la anterior, es realmente una extensión de esa misma. Una necesidad de orden racional (lo que es de este mundo, es de este mundo, lo que es del otro, es del otro) y de separación de lo tangible de lo intangible como opuestos, porque en un mundo racional lo inexplicable debe acontecer sólo en el mundo más allá de las leyes racionales y no puede permear en la realidad tangible, con sus rígidas normas físicas. Y considerar esto, en la brujería, es otro error.

Volvemos a la concepción cristiana del alma, que es intangible e invulnerable, reforzada por el influyente pensamiento posterior de Descartes ya mencionado: el alma y el cuerpo son materias separadas y distintas en naturaleza. Esta creencia resulta hoy en día un hecho incuestionable en la mayoría de espiritualidades modernas occidentales, pero antes de la contribución del filósofo esto no era para nada así en el sustrato pagano de la población. Que algo hubiera acontecido en cuerpo o en espíritu carecía de relevancia, porque lo espiritual y lo físico eran una misma cosa. El cuerpo físico, el alma, el doble, no eran más que estados en un amplio espectro de percepción de una misma realidad. La separación del cuerpo y el alma no es un hecho; es un constructo cultural más allá del cuál hay y ha habido una multiplicidad más de opciones y pensamientos.

De todo esto hemos adquirido también una concepción que ya había planteado Platón en su momento, que es que el cuerpo es la prisión del alma, y como tal, la limita. Conozco muchos practicantes principiantes que se atormentan con ser capaces de vivir el vuelo del espíritu de una forma sumamente idealizada y llena de expectativas, y para los cuáles el cuerpo, y el firme nexo de nuestro doble con él, supone realmente un problema. Lo viven como una cárcel que no permite que su espíritu se libere en la noche para vivir esas experiencias que tanto ansían. Lo sé porque he estado ahí, pero la experiencia a lo largo de estos años me ha enseñado una vez más que no estaba en lo cierto.

El vuelo sucede cuando dejas de intentar utilizarlo como la validación definitiva de que eres bruja, porque si estás pendiente de dicha validación, siempre encontrarás elementos a los que asirte para cuestionar la veracidad de tu experiencia. Con esto, no digo que todo valga, puesto que podemos caer en aferrarnos a cualquier cosa con tal de poder sentirse validado y poner el “check” de “logrado” al vuelo. Siempre hay que mantener el sentido común e intentar no engañarnos para satisfacer nuestro ego, pero no olvidemos que incluso en nuestras fantasías hay verdad: verdad sobre nosotros mismos.

Desde mi experiencia, cambiemos el enfoque: el cuerpo no limita al alma, sino que simplemente le proporciona la posibilidad de afectar con mayor densidad al mundo físico con sus múltiples herramientas. Cualquiera que haya tratado con una variedad de espíritus sabrá que si bien a veces les parece tosco o torpe, a muchos de ellos les encanta disponer de un cuerpo denso con nuestras facultades con el que vivir por un instante fugaz los placeres físicos: el tacto de otro cuerpo, el calor de la piel, el sabor de las ofrendas. Les encanta experimentar a través de nosotros. Disfrutan de aquello que nosotros damos por sentado y que a veces incluso despreciamos en deferencia al sacrosanto espíritu, el “verdadero” medio de lo trascendente, de la gnosis. ¿Por qué el cuerpo es sólo un vehículo del alma? ¿Por qué el alma es mejor, más pura o más verdadera que el cuerpo en la mayoría de corrientes espirituales modernas occidentales?

¿Es porque el cuerpo cambia y perece? ¿No es nuestro cuerpo la tierra cuando nos pudrimos, todo insecto que nos devora y todo animal que devora ese insecto y muere y se funde de nuevo con la tierra, y alimenta las raíces de los árboles? ¿No es nuestro cuerpo esos árboles? ¿No es nuestro cuerpo ahora mismo las moléculas de agua que hemos bebido y que han sido río, nieve del deshielo, lluvia y mar, el oxígeno que hemos respirado, la materia y la energía que hemos ingerido en el desayuno esta misma mañana? El cuerpo no tiene límites, somos nosotros con nuestra autoconcepción los que lo limitamos.

Nunca dejaremos de ser seres físicos. Nunca dejaremos de tener cuerpo, un cuerpo que existe en nuestra realidad física y aún así es capaz de tomar mil formas distintas. Un cuerpo con partes más tangibles y otras más intangibles, pero todas reales. ¿Por qué si es así no podríamos tener varios cuerpos, y que estos cambien de forma y que puedan ser heridos tangiblemente? ¿Qué más da si hemos ido al encuentro del Maestro con uno u otro cuerpo, o hemos dejado uno o no en la cama?

Dividir el mundo espiritual del físico carece de sentido, igual que carece de sentido separar la vida de la muerte. Lo espiritual puede ser (y es) físico. El cuerpo de los muertos son los huesos y la tierra; el cuerpo de los espíritus del bosque es el mismo bosque. Incluso los espíritus de la brujería tienen algo como un cuerpo que les da presencia en la realidad tangible: las tormentas, la enfermedad, el cuerpo de los mismos practicantes de brujería. Todos ellos (las brujas, la cacería salvaje, la corte de las Buenas Damas…) remiten en algún grado a los ciclos de existencia de la realidad física, a la rueda de la vida y de la muerte, de la descomposición y la fertilidad de la tierra. No por ello su labor deja de ser completamente espiritual, ya que ¿por qué lo espiritual habría de ser algo distinto, separado o “más trascendente” que el mundo que nos rodea?

Si te digo la verdad, todo este artículo partía de la idea de reivindicar el saber y la presencia del cuerpo en la brujería. La brujería es transgresora, y en un contexto espiritual en el que el cuerpo se relega a ser el mero vehículo de lo “realmente importante”, el espíritu, la transgresión es reapropiarse de lo físico, del cuerpo y del placer terrenal, y que ello sea la vía iniciática a los misterios del Otro Lado. Esa es la lección del Diablo frente a la supremacía del espíritu incorrupto e intangible de Dios. Morder y saborear la manzana, vivir el cuerpo como el gran alambique alquímico que transforma el veneno en la más sublime luz, sentir a los espíritus tocar y habitar tu piel en el trance del sexo.

El trance puede ser físico. El vuelo puede ser físico.

Pocas experiencias han sido tan transformadoras en mi práctica como aquellas en las que he sentido, literal y físicamente, cómo estaba en un espacio y un tiempo más allá de mi mundo. Cómo el tacto de la piel de otra persona era la comunión con lo divino. Cómo una cueva me había tragado, masticado y escupido transformada en otra cosa, como el ladrido oportuno de un perro, claro en mis oídos pero invisible en la oscuridad del prado, daba respuesta a una pregunta a los espíritus. Cómo mi cuerpo era mi cuerpo, pero a la vez era mucho más que la concepción habitual que tengo de él; cambiaba de forma, se extendía más allá de mi piel, y dentro de ella habitaban muchas más cosas que tan sólo yo.

No olvides: el saber espiritual es adquirible a través del cuerpo; los espíritus hablan constantemente mediante el mundo tangible, pero sólo podremos vivir lo espiritual a través de lo físico si apartamos nuestros sesgos y lo integramos como una posibilidad real como lo fue para nuestros antepasados. No como una necesidad de obtener pruebas que acallen las dudas de nuestro ego, ni como una manera de encerrar bajo unos límites establecidos aquello que no los tiene, sino como algo tan natural como respirar.

¿No puedes “liberar” el espíritu del cuerpo para volar? Recupera la soberanía del cuerpo, fusiónalo con tu ánima con la pasión de dos amantes, explora tu espíritu a través de él. El trance es la más poderosa vía a ello, pero no te limites a aquellas técnicas que buscan acallar o aletargar el cuerpo como suele hacerse usando la meditación. Escucha tu cuerpo. Sacraliza sus sentidos y sensaciones, el placer, el dolor. Entrégate al éxtasis. Baila, respira, agítate, grita, desbórdate en deleites hedónicos, transfórmalo a través de aliados que embriagan los sentidos y abren las pupilas a la Otredad, sal del cerco de tu casa, tu espacio seguro, y deja que las zarzas hieran tu piel y el territorio te atraviese y te transforme hasta borrar de ti la ilusión de que el mundo de los espíritus está separado del nuestro.

Te aseguro que un día, con ello, te darás cuenta de que has volado muy lejos.

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[i] Lecouteux, Hadas, brujas y hombres lobo en la Edad Media.

[ii] Lecouteux.

Comments

Muchas gracias por redactar este texto tan inspirador e interesante. Eres luz, Alanna 💖🌸

Este texto me ha resonado muchísimo y me ha tocado harto el corazón. Gracias por lo que compartes!! Es revitalizante y escribes hermoso.


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