Introducción a la Brujería tradicional IV: la vieja forma de ver, parte I
Added 2023-06-04 15:00:04 +0000 UTCAmigos, abro este artículo diciendo que por vuestra salud mental y la mía, esto iba a ser un único texto pero voy a partirlo en dos, porque si no va a ser demasiado largo de leer y no quiero hacerme pesada. El corte entre teoría y práctica me ha parecido un buen punto para la pausa. Tenedlo en cuenta, está inacabado, faltará la parte de consejo práctico de todo esto que llena tanto volumen como este primer bloque ;)
Dicho esto, ¡vamos allá!

En este nuevo capítulo de introducción a la brujería tradicional nos adentraremos en un concepto del que ya dimos una pequeña pincelada en el primer artículo de la serie: el cambio de paradigma.
¿QUIÉN CUESTIONA LA REALIDAD?
A lo largo de los años, diversas personas me han preguntado qué ha aportado la espiritualidad a mi vida, o de qué manera me ha beneficiado. Personalmente, desconozco si de haber seguido mi existencia como no practicante habría tenido buenas oportunidades como las que he tenido o el conocimiento de mi misma que he alcanzado a día de hoy, por mucho que yo atribuya agradecida mis triunfos al pilar que es mi espiritualidad. Sin embargo, existe una cosa de la que sí estoy segura que tan sólo este camino me ha podido dar; un punto de inflexión que una vez cruzado, dudo de si podría ser revertido alguna vez, de si podría renunciar a él: unos ojos nuevos para ver el mundo en una fascinante magnitud que jamás había visto.
La espiritualidad (cuando busca la apertura al mundo, y no el dogma) posee la capacidad de modelar algo que como ateos consideramos inamovible, normalmente porque ni siquiera sabemos que existe, que nos regimos por él pero que no es universal: el paradigma personal. El paradigma personal es el sistema a través del cuál comprendemos el mundo e interpretamos los sucesos a nuestro alrededor. Es la estructura que conforma nuestra mente para entender y relacionarse con la existencia; es la base de nuestra consciencia (e inconsciencia), el recipiente que contiene y, por tanto, modela las aguas de nuestra identidad. El paradigma personal tiene el enorme poder de invisibilizar lo que no contempla en su esquema y sesgar lo que considera relevante y lo que no. Filtra absolutamente toda nuestra vida: lo que percibimos, pensamos, sentimos, hacemos y somos.
¿Existe realmente una realidad objetiva? o ¿es la realidad una simple creación subjetiva conformada por nuestra percepción y el paradigma bajo el cuál la interpretamos?
Lo que consideramos la realidad objetiva, aún si nos esforzamos en no realizar juicios o interpretaciones de ella, es aún subjetiva. Aún estamos juzgándola a través de nuestra percepción y comprensión, y de todo lo que nos conforma a un nivel inconsciente. Nuestra realidad “objetiva” no es la misma que la de un árbol, ni mucho menos la de aquello aún más distinto a nosotros, especialmente si lo consideramos carente de consciencia (o, al menos, de una como la nuestra): del viento, de las piedras, de lo intangible que escapa a nuestra capacidad perceptiva y cognitiva, e incluso a nuestra concepción dimensional. ¿Quién dice que no podamos ser meros átomos de un ser cuya existencia se escapa de nuestra cognición, de algo más allá de la tridimensionalidad o de la ilusión del tiempo, de algo que jamás soñaríamos siquiera con concebir porque no tenemos la capacidad de ello?
Un problema tan frecuente entre los ateos como entre los fundamentalistas religiosos es precisamente ignorar que la forma en que comprenden el mundo no es una verdad objetiva, sino una mera interpretación de la realidad que como humanos percibimos modelada por nuestras capacidades como especie y como individuos, de nuestras experiencias previas, nuestro entorno directo, nuestra crianza y nuestra cultura. El hecho de concebir su paradigma como una realidad objetiva (ya sea el racionalismo, el orden divino o el dogmatismo que sea, lo mismo da) deriva en creer que es entonces la única realidad válida.
Y de esto, hemos sido víctima todos.
Por eso batallamos con la preocupación de estarnos montando una película cuando creemos haber vivido un suceso espiritual que escapa al paradigma racional en el que hemos crecido.
Por eso tenemos miedo a mentirnos si creemos en lo intangible, a equivocarnos. ¿Y si en realidad no “existe” nada de eso?
Por eso consideramos algunos sueños, si no todos, sucesos falsos, ilusiones.
Por eso aún sentimos culpa cuando rompemos los tabúes del catolicismo que nos ha acunado, aunque de forma consciente no creamos en él.
Y no nos damos cuenta de que bajo esos miedos y dudas, seguimos aferrados a los paradigmas que se nos han inculcado desde pequeños. Porque nuestra cultura nos define como individuos; es muy difícil tomar consciencia y deconstruir la estructura de la cuál nos ha dotado, y más aún salirse del cerco y pasar voluntariamente a la marginalidad. Eso representa una batalla todos los días de nuestra vida contra la corriente de nuestra propia sociedad y, queramos o no, la sociedad es importantísima para el ser humano como animal gregario que es. Eso comporta ser cuestionados, avergonzados, apartados y tener que luchar el triple que los demás por mantenernos firmes en nuestros principios, creencias y formas de ver el mundo, porque todo nos empujará a minimizar o emborronar en el recuerdo nuestras experiencias divergentes y dejar que la corriente nos arrastre de nuevo al redil por puro agotamiento.
Y pese a todo, si bien poco podemos hacer para trascender la forma en que como especie e individuos percibimos la realidad, según nuestros sentidos y capacidad cognitiva, sí poseemos la capacidad de observar y evaluar nuestros paradigmas. Y con ello, somos capaces, aunque a menudo comporte la lucha descrita, de derrumbar estructuras que no encajan con nosotros y modelarlos para sentirnos más a gusto con ellos.
Algo que me ayudó mucho a comprender todo esto es salir del foco de la cultura occidental y comprender que lo que nosotros concebimos como realidad, no es tal en otras culturas que han escapado a nuestra colonización. Que hay culturas cuya realidad objetiva es que las piedras tienen alma, los sueños son tan reales (o incluso más) que la vigilia, la tierra no puede ser propiedad de nadie, que no somos individuos, sino un ser colectivo, parte del territorio y de nuestros vecinos humanos y no humanos, vivos y muertos, y mucho más. Y su paradigma, así como su cultura, no es más atrasado en el progreso, ni es mejor o peor que el nuestro (incluso nuestra concepción del progreso, de lo bueno y de lo malo, ¡no es objetivo ni universal!). Simplemente es distinto. Únicamente es otra de las infinitas formas en las que podemos aproximarnos a comprender la existencia, una existencia tan vasta que resulta inabarcable para cualquier paradigma, por mucho que se venda como verdad objetiva.
Nosotros podemos decidir comprender el mundo de otra forma, bajo otra estructura interna que no sea la que nos han enseñado. Porque no existe una opción correcta de hacerlo. Todas las opciones son interpretaciones parciales de algo que es mucho más grande de lo que podemos asumir, de algo en lo que la objetividad es irrelevante porque es inalcanzable para los seres que lo vivimos. Y como no existe una vía correcta, lo único importante es que para nosotros, según nuestros objetivos subjetivos, sea adaptativo. Que nos beneficie y que de sentido a nuestra vida.
¿A dónde quiero llegar con toda esta disertación? A que para mí, la espiritualidad abrió la puerta al cuestionamiento de estructuras que tenía tan firmemente arraigadas que no sabía ni que existían. Y eso me permitió conformar mi existencia alrededor de un nuevo paradigma mucho más afín a mi naturaleza creativa, sensible, empática y soñadora. Un paradigma lleno de poesía, en el que existe tanto horror como belleza y paz en la forma en que la muerte devora la vida para hacerla renacer, en el que hay misterios a desvelar en el sonido de las hojas mecidas por el viento, en el que la bondad y la maldad son conceptos humanos, no naturales. Y para mí, esto ha resultado muy positivo, porque no sólo no me ha limitado de disfrutar, como otros paradigmas restrictivos hacen, sino que me ha hecho sentir cómoda con cómo soy y, especialmente, me ha hecho ver la existencia con unos ojos nuevos, unos ojos que se maravillan cada día al contemplar el mundo que les rodea. Unos ojos que ven una red que interconecta todo a un nivel más profundo de lo que la mirada física puede contemplar.
Creer en que el destino provee de aquello que debe ser me ha dado empuje en los momentos difíciles; creer que mis ancestros escuchan mis palabras me ha reconfortado en mis noches más oscuras; creer que todos somos parte de lo mismo, y que los humanos no somos mejores ni más merecedores de nada, me ha dado una ética y un principio por el cuál luchar.
Y si bien todo esto despertó en mi cuando del ateísmo pasé al paganismo, lo ha hecho a otro nivel al adentrarme en la brujería, porque ella, como vía mistérica, me ha sumergido aún más en las profundidades del sentido de la existencia y en el cuestionamiento del paradigma en el que he crecido.

Obra de Tuesday Riddell
LA VIEJA FORMA DE VER
La brujería pone constantemente en jaque nuestras estructuras, pero a su vez, para adentrarse verdaderamente en ella es necesario no sólo esperar que esto suceda, sino buscarlo de forma activa. Esto es porque la misma brujería tradicional moderna es un paradigma (uno al que le gusta mucho cuestionarse y revolverse, pero un paradigma al fin y al cabo), y para adoptarlo debemos desnudarnos de otros que tenemos arraigados, o aprender a utilizarlos a nuestro favor.
La brujería se conforma en la creencia de la existencia de un mundo invisible (la mayor parte del tiempo) conformado por espíritus y númenes, de influencias energéticas mágicas y de un sentido metafísico de la rueda de la vida y de la muerte. El practicante, pues, se rige bajo estos parámetros.
Sin embargo, como todo paradigma, el origen de la brujería se remonta a una época y una forma de ver el mundo concretas. Hubo un tiempo (muchos siglos, de hecho) en el que estos principios fueron la verdad objetiva para tal porcentaje de la población que calaron y perduraron en vestigios de nuestra cultura aún hoy en día. Pero en cierto momento, esto cambió, porque las nuevas corrientes de pensamiento y, especialmente, la forma de vida, cambiaron drásticamente respecto a todos los siglos anteriores.
Y es que si hay algo que sustenta el paradigma de pensamiento de una sociedad es la forma de vida de la misma. Ambos van de la mano y se influencian estrechamente, conformándose de modo simbiótico para sostenerse mutuamente. El paradigma surge de la experiencia de vida de una sociedad, limitada a la forma de vivir en la que crece, y la forma de vida se conforma amoldada al paradigma que la rige.
Uno de los poderosísimos cambios en el estilo de vida que determinaron consecuentemente el cambio social de paradigma fue la industrialización. La emigración masiva a las ciudades separó gran parte de la población del entorno natural para pasar a habitar en el medio urbano, en el cuál los númenes no eran los mismos y no se sentían tan presentes; la conexión con la naturaleza como origen de todos los recursos, como regente de la vida y la muerte, y la temible magnitud de las fuerzas naturales, por las cuáles la población había buscado el favor de sus espíritus durante siglos, fueron quedando en el olvido. El foco pasó de la naturaleza y su interacción con la comunidad, al ser humano y su interacción en sociedad. Ya no se temía a la naturaleza y sus númenes, sino a los al mismo hombre y los males que es capaz de producir a sus congéneres. El cerco entre lo humano y todo lo demás se levantó más alto que nunca, conformando la ilusión de individualidad e independencia del sistema natural que aún conservamos hoy en día.
La separación de la tierra de origen conllevó inevitablemente una disolución de la identidad cultural regional y de la conexión con los muertos de la comunidad y el territorio familiar, así como el abandono de las leyendas y el folklore que se habían perpetuado en un mismo lugar durante generaciones para comprender el ecosistema espiritual que se daba en él.
La invención de la luz eléctrica conquistó la noche, y con ello desterró el misterio de la oscuridad, en la cuál antaño no podía verse con los ojos físicos, pero sí con otros sentidos. El control del fuego, sustituyendo con cocinas de pequeños fogones, calefacciones y bombillas las viejas lumbres y el oscilar de las velas, nos hizo abandonar así mismo los secretos de su trance.
Y por todo esto, la experiencia de la brujería (igual que cualquier corriente espiritual extática) no puede suceder en la sociedad actual como sucedía en sus orígenes, y cualquier intento de intentar comprenderla bajo nuestro prisma contemporáneo está abocado al fracaso. Su máximo esplendor nos parece hoy en día algo rarísimo e inalcanzable, un imposible con el cuál sólo podemos soñar. ¿Cómo habríamos de no saber distinguir si hemos acudido al Sabbat físicamente o en un sueño? ¿Cómo habríamos de ver con nuestros propios ojos transformarse alguien en bestia? ¿Cómo habríamos de encontrarnos cara a cara con el Diablo en una encrucijada? ¿Cómo habríamos de volar por los aires, si no es por la ilusión de drogas alucinógenas aplicadas en un ungüento?
Y la realidad es que no podemos. No con nuestros ojos. No con nuestro paradigma moderno, y no con muchos aspectos de nuestra crianza y estilo de vida actual.
La brujería se sustentaba en una cultura que convivía día a día con la liminalidad, acostumbrada a los espacios crepusculares en los cuáles la Otredad de manifiesta. Una sociedad que veía la muerte habitualmente, acudía a los cementerios, rezaba por los difuntos y velaba a sus fallecidos en casa oía las voces de sus muertos, hablaba con ellos en sueños y veía las ánimas aparecerse en las sombras de la luz de una vela porque formaban parte de la cotidianidad.
Una sociedad expuesta a la oscuridad y a la noche, a los largos inviernos con la única luz de la lumbre y al sueño bifásico o frecuentemente interrumpido, estaba acostumbrada a transitar el trance que produce la falta de luz, a ver con otros sentidos cuando no pueden ver los ojos físicos, a permanecer en el velo entre el sueño y la vigilia. No sólo la asociación de los muertos a la noche y el invierno hace que la mayoría de mitos y leyendas de ánimas se ubiquen en la mitad oscura del año, sino también que es el periodo en que la población se enfrentaba más a la oscuridad, al frío y a la muerte, que transitaba durante más tiempo los estados alterados de consciencia producidos por la privación lumínica y que tenía más tiempo para contar historias junto al fuego. Siendo así, en el trance de la penumbra durante horas, día tras día, ¿cómo no iban a penetrar estas historias en la psique? ¿Cómo su contenido no iba a formar parte de la realidad de estas personas?
Tal y como comenta Lee Morgan en A deed Without a name, hoy en día pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en completa luz para estar activos o completa oscuridad para ir a dormir, y por ello tendemos a experimentar el sueño y la vigilia como dos estados definidos y separados, cuando esto no era así para nuestros antecesores, habituados a los estados de consciencia transitorios. Por eso, no era tan relevante si algo había sucedido en sueño o en vigilia, en cuerpo o en espíritu. No era necesaria una delimitación clara, ambas cosas eran reales.
Esa sociedad estaba también habituada a otro ritmo de vida de muchísima menor estimulación, con lo que era considerablemente más sensible a estímulos sutiles. Una misma experiencia podría hacerles dar un vuelco al corazón a ellos y no producirnos ni un parpadeo a nosotros, porque estamos tan sobreexpuestos al bombardeo de estímulos que nuestro umbral de percepción es altísimo, nada nos sorprende y no valoramos ni vemos realmente las cosas porque tenemos demasiadas a nuestro alcance. Además, estamos acostumbrados a un ritmo vertiginoso, a ser incapaces de aburrirnos, mientras que antaño, muchas actividades lentas y mecánicas del día a día abrían la puerta al trance y a que la mente sondeara las profundidades del inconsciente y divagara hasta lugares desconocidos.
Y otro elemento que ha cambiado respecto a los viejos tiempos, es por descontado la exposición a la naturaleza salvaje. La brujería es rural porque en ningún lugar como en este medio se vive tan de cerca la fiereza de las fuerzas naturales, la Otredad, lo intangible, lo desconocido. En ningún lugar se está tan expuesto a los númenes antiguos como en aquel territorio que no ha conquistado el hombre con sus bombillas y su escepticismo.
Por no hablar de que la sociedad post-industrial se ha encargado de destruir nuestra imaginación y demonizar al extremo los estados alterados de consciencia, porque no salen rentables para tenernos activos y productivos para el trabajo y, ¡peor aún!, pueden producir pensamientos divergentes y hacernos cuestionar el sistema. No sabemos soñar, imaginar, aprovechar la enorme capacidad que tenemos de transmutar nuestro estado de consciencia para lograr diferentes percepciones e ideas, para contemplar la existencia bajo otros prismas. No nos han dicho siquiera que tenemos la habilidad de hacerlo y, sin cultivarla y arrancándola de los niños cuando deben comenzar a “madurar”, se nos ha atrofiado como un órgano vestigial que parece estorbar más que servir para algo.
¿Y qué podemos hacer, ante todo esto? ¿Debemos asumir que la brujería no es para nosotros? ¿debemos volver a vivir en mitad de la nada, renunciar a la electricidad, cultivar nuestra comida y morir de una infección no tratada con antibióticos?
Evidentemente, no. En primer lugar, asumamos que por mucho que lo hiciéramos, siempre seremos hijos de nuestra generación y el mundo jamás será el mismo que antaño, aunque creemos un pequeño universo ilusorio a nuestro alrededor. No tiene sentido romantizar el pasado (un pasado durísimo de vivir, además). Pero partiendo de ahí, sí que considero que, para vivir y experimentar la brujería en todo lo que puede ser su magnitud, debemos conformar un nuevo paradigma en nosotros; uno que acoja aquél en el que la brujería tuvo sentido, pero que también sepa aprovechar las bondades de nuestro tiempo. Lo que se recoge como brujería tradicional moderna no es más que una conciliación de este tipo.
Tal y como exponíamos, los paradigmas no se conforman sólo de ideas, sino de un sistema de hábitos y modo de vida que los sustentan. Y quizá esto no es lo que la gente quiere oír cuando preguntan cómo podemos practicar brujería y experimentar los sucesos fascinantes que recogen las leyendas y los testimonios históricos, pero es que no hay una vía fácil ni rápida. No hay ningún truco, no hay un hechizo portentoso ni una técnica de trance secreta ni drogas que por el mero hecho de untarlas en nuestras axilas vayan a llevarnos a la mítica cueva de Biterna.
Es el establecimiento de ciertos hábitos en nuestra vida lo que, una vez estables, nos acercará a un paradigma mucho más afín a la brujería y supondrá la base sobre la cuál podrá sustentarse nuestra práctica. Sé que cambiar de hábitos da pereza y parece algo muy lejano e indirecto respecto a lo que queremos conseguir, pero os garantizo que una vez en ellos, se notará la diferencia y sentiréis que no podría ser de otro modo.
Entenderéis por qué no podíais vivir en el paradigma anterior lo que será tan real en el nuevo como que estáis leyendo estas palabras.