Introducción a la Brujería Tradicional III: Los espíritus de la brujería, parte II
Added 2023-04-28 10:14:21 +0000 UTC¡Buenos días a todos!
Hoy os traigo una nueva entrega de la serie de introducción a la brujería, con la que finalizamos el bloque de los espíritus de la brujería. Recordad que tenéis la primera parte de este bloque por aquí: https://www.patreon.com/posts/introduccion-la-76742675
Por otro lado, me dejasteis muy buenas preguntas para mi coventículo :) Simplemente deciros que mis compañeros de coventículo están de luna de miel y grabaremos el podcast cuando los tortolitos vuelvan y se resitúen. Pero no sufráis, ¡que tengo cositas preparadas hasta entonces!
Recordemos que en el artículo anterior de la serie tratamos el grandísimo bloque de las comitivas espectrales. Sigamos ahora con aquellos otros espíritus que determinaron el constructo de la brujería, y con los que la bruja practicante entrelaza sus actividades.

La pesadilla, Henry Fuselli, 1781
2. Las brujas, lamias y pesadillas
A banda de las comitivas espectrales, otro tipo de espíritu que conformó mucho el constructo de la brujería, no es otro que la bruja. La bruja, bruxa en catalán antiguo, no era en origen un ser humano. Era un espíritu nocturno que pasaba por las casas, colándose por el ojo de la cerradura y otros rincones, a matar niños o ganado, chuparles la sangre, oprimir el pecho de los durmientes (lo cuál la relaciona estrechamente con la parálisis del sueño) y producir pesadillas[1]. La primera mención de la palabra bruxa la refiere un diccionario en un códice del siglo XIII refiriendo a un mal espíritu nocturno similar al súcubo[2]. Algunos espíritus similares a la bruja eran las strix, estirge o estrigay la lamia grecorromanas[3], o la la estrige eslava.
Las brujas compartían con las comitivas espectrales benefactoras su carácter femenino y de pasar por las casas durante la noche, en ocasiones en grupo, lo cuál terminó por fusionar ambas figuras en el proceso de demonización de la brujería. De este modo, el carácter benefactor de aquellas damas nocturnas con las que iban algunas mujeres quedó olvidado y fue con las brujas con las cuáles se acusó a las mismas de ir, participando de sus fechorías. De ahí a que la palabra bruxa pasara a designar a aquella mujer que va con ellas y no al mal espíritu en sí, humanizando su figura, hubo tan solo un paso, deviniendo este el origen de las palabras bruja y brujería tal y como los conocemos, y exportando los términos al resto de la península[4].
3. Muertos
La brujería es un arte estrechamente relacionado con los muertos. Ya contemplamos que las comitivas espectrales masculinas que fundamentaron el folklore brujesco estaban compuestas por muertos, pero también encontramos referencias a los mismos entre las femeninas. Regresando al testimonio de Pierina que ya hemos citado en la primera parte del artículo, podemos ver que a la sociedad de Oriente acudían también los muertos sin descanso, los ahorcados y los decapitados, en una actitud de sumisión. Y es que entre las hipótesis del sentido que tiene la brujería en el folklore, muchos autores proponen que el vuelo de la bruja no es más que el viaje de la misma al mundo de los espíritus, que es a su vez el mundo de los muertos y el mundo de las hadas, únicamente que expresados de forma distinta. Por ese motivo, de entre todos los espíritus que interactúan con la bruja, los muertos tienen un papel importante.
3.1. Ánimas y ancestros
Saliendo del concepto de las comitivas de difuntos, encontramos también algunas conexiones interesantes entre la brujería y los muertos mediante el arte de la necromancia. La necromancia (de necro, muerto, y manteia, adivinación) es el arte mágico de hablar con los difuntos para obtener información de ellos. Los métodos para ello pueden ser realmente muy variados; desde la invocación y la evocación, como ya se atestigua en la práctica de la hechicera mítica Erichto, que levanta un cadáver para que hable, como en el propio viaje al mundo de los difuntos que se practica en el chamanismo y que se asemeja a la propia brujería. En todo caso, los muertos son uno de los tipos de espíritus que como practicantes tenemos más cerca.

Erichto, John Hamilton Mortimer, s. XVIII
Mi recomendación es siempre trabajar con los propios ancestros como primera línea espiritual. Familiarizarnos con su trato es la forma más segura de aprender a comunicarnos con difuntos y a su vez, ellos nos protegerán en nuestras actividades. Por otro lado, podemos establecer un culto a los ancestros de oficio de la brujería, es decir, a aquellos muertos que en vida practicaron brujería u otras artes mágicas, algunos de los cuáles, seguramente, estarán complacidos de tutelar a un practicante vivo. Aún así, hay que saber gestionar que con ellos el lazo es mucho más vago que con los ancestros, pudiendo facilitar esto la situación de que un espíritu burlón se haga pasar por alguno de ellos. Por este motivo siempre hay que tener cubiertas las espaldas conociendo métodos de destierro y cuestionar lo que el espíritu nos diga, no creyendo todo lo que recibimos y evaluando si lo que nos dice es útil realmente o es sólo palabrería vana.
Otros muertos que pueden sernos interesantes de tratar son los difuntos del cementerio local. Ya que el cementerio puede ser un espacio de trabajo para nosotros tanto en materia de brujería como de hechicería, no está de más estar en buenos términos con ellos y tener una relación amistosa que asegure su colaboración, aprobación y buen recibimiento cuando acudamos a su lugar de descanso. Además, los muertos locales forman parte de las fuerzas numinosas del territorio y lo sustentan y alimentan desde el Otro Lado. Su favor siempre nos respaldará en cualquier actividad mágica o mundana local.
Dentro de los muertos, no está de más hacer una pequeña mención a los santos. Aunque es común tenerles en mente como algo meramente cristiano, el trabajo con santos se entiende en la brujería tradicional como simple necromancia. Los santos son difuntos que han tomado mayor estatus por la devoción de la comunidad, y que son propensos a escuchar y asistir a aquellos que se dirijan a ellos. Si bien en la brujería no se trabaja normalmente con ellos, en la hechicería popular son muy comunes, existiendo incluso santos de las brujas y hechiceras reconocidos por ayudar a éstas en sus tareas, como Santa Marta, San Cipriano o San Silvestre.
3.2. Muertos sin descanso y espíritus de las encrucijadas
Finalmente, otro de los grupos de difuntos más célebres por su colaboración con la bruja y la hechicera son los muertos sin descanso. Estos difuntos eran aquellos que se consideraban especialmente propensos a atormentar a los vivos por su incapacidad de hallar la paz tras la muerte. Acostumbraban a considerarse así las mujeres y niños muertos en el parto, los fallecidos por muerte violenta o asesinato, los ahogados y los ejecutados.
En la hechicería, los muertos sin descanso han resultado grandes aliados en materia de maleficio desde la antigüedad griega y romana. Un formato muy recurrente para interpelar su poder era escribir tablillas de defixión o realizar muñecos del enemigo y dejarlos en las tumbas de dichos muertos o en las encrucijadas[5], de las que hablaremos más tarde. El muerto tomaría el encargo de cumplir la petición y atormentar a la persona requerida.

Kolossoi griego, uno de los formatos de maleficio que se enterraba en los cementerios para que los muertos cumplieran el trabajo solicitado.
Aún en la hechicería española de la Edad Moderna preindustrial la tierra o piedras de los patíbulos, así como una variedad de elementos de los ejecutados (dientes, sogas de ahorcados, musgo de sus calaveras, dedos, agujas de amortajar o pasadas por la carne del ejecutado[6]…) eran elementos de gran relevancia en las prácticas mágicas para una variedad de fines, no únicamente malintencionados.

A caza de dientes, Francisco de Goya. (Una mujer va a conseguir dientes de ahorcado para fines mágicos)
La conexión de los muertos sin descanso con las encrucijadas es estrecha. Enterrar a los difuntos a lo largo de los caminos, o que los caminos se trazaran resiguiendo el recorrido de las tumbas en los límites de las propiedades es una costumbre muy antigua[7]. Cuando en las zonas urbanas con mayor densidad de población comenzaron a delimitarse las necrópolis, los caminos y las encrucijadas quedaron relegadas a acoger esencialmente a los muertos ejecutados por la ley, que quedaban así en tierra de nadie, lejos del núcleo de la población para evitar que sus espíritus causaran problemas. Exponer sus cuerpos en estos lugares de paso servía a su vez de adoctrinamiento y advertencia a la comunidad para que esta cumpliera las normas establecidas. Por este motivo, las encrucijadas también han resultado enclaves célebres a la hora de buscar la alianza de difuntos en la práctica mágica, ya sea en materia de necromancia o de hechicería.
Pero si bien los muertos sin descanso se relacionan estrechamente con las encrucijadas, estos lugares clave poseen mucha más riqueza simbólica y espiritual. Las encrucijadas, como espacios liminares por excelencia, se han considerado puntos de conexión con las fuerzas ctónicas desde la antigüedad. Consagradas ya a Hécate y a otros númenes psicopompos como Hermes, enlazaban el mundo de los vivos con el de los muertos y los dioses infernales. Por ese motivo son lugares desde los que se ha buscado congraciarse con dichos dioses y númenes menores responsables de los planos subterráneos, así como a aquellos espíritus que protegen en los caminos, como los Lares Viales[8]. Sin embargo, en el ámbito de la brujería ofrecen una posibilidad más: como encrucijada entre mundos, permiten el acceso de la bruja al Otro Lado. Un ejemplo atestiguado en Historia Nocturna, similar al de los benandanti, de los que ya hemos hablado:
En el siglo XVII, se atestigua que en Istria la gente cree «y no se Ies puede quitar de la fantasía, que hay hombres, que han nacido bajo ciertas constelaciones y especialmente los que nacieron cubiertos de cierta membrana (…), que van de noche por las calles en espíritu y también por las casas para dar miedo o hacer algún mal, y que suelen congregarse juntos en algún cruce de caminos importante, especialmente en el tiempo de las cuatro témporas, y allí combaten unos con otros por la abundancia o carestía de cada una de las especies...»[9]
La sincretización convirtió las encrucijadas en época cristiana en lugares de aparición de difuntos, pero sobretodo de espacios en los cuáles se podía invocar a los demonios y al mismísimo Diablo para llegar a acuerdos con él o ser iniciado en la brujería. Por ejemplo, en el proceso de Antonia Monedero en 1728, se acusó a Antonia de ordenar a una clienta que debía comprar, además de almea y romero, una gallina negra y ponerse con ella en una encrucijada, siendo así que allí se la compraría el Demonio.
Advirtiendo que havia de hazer con dicha gallina lo quella le dijese, que era (…) tomarla la dicha gallina a las doze de la noche y poniéndose en la encrucijada que hiciese a quatro calles dijese ¿quien me la compra?[10]
4. El Diablo, demonios y espíritus familiares
4.1. El Diablo y los demonios
Hemos hablado de un gran número de espíritus relacionados con la brujería que provienen del pasado pagano y animista de nuestro folklore y cultura. Sin embargo, si existe un numen que se relaciona estrechamente con las brujas y que puso el pilar principal en el constructo de la brujería y su conformación como crimen, este es sin duda el Diablo.

El Aquelarre, Francisco de Goya, 1797.
Si hay algo claro, es que el Diablo es un sujeto incómodo y de mal gusto para cristianos y paganos. Para los primeros, por su condición de adversario de dios y el bien; para los segundos, porque les plantea la incoherencia de considerar real una entidad proveniente de una religión en la que no creen, y cuyos seres, a menudo, entienden como una mera fantasía adoctrinadora.
Si consideramos si es obligatorio creer o trabajar con la figura del Diablo en la brujería, para mí la respuesta es claramente un no. Existen un sinfín de númenes y espíritus que bajo infinitas formas y nombres podrán ser nuestros aliados y dirigir nuestros pasos en lo desconocido. Y sin embargo, muchos practicantes, hoy en día, deciden acercarse a la figura del Señor del Akelarre, y hallan respuesta en él. ¿Por qué hacerlo entonces, teniendo alternativas más coherentes quizá con alguien que ha decidido apartarse del catolicismo?
Hacerlo es plenamente una cuestión personal, y motivos hay muchos, pero teniendo en cuenta que podría escribirse un libro entero sobre su figura, en esta ocasión simplemente hablaré de uno de los motivos más recurrentes en cómo se entiende ésta en la brujería tradicional moderna: el Diablo, como Señor del Akelarre, es también un constructo. Al igual que lo es la brujería.
Tal y como he oído exponer magistralmente a mi compañero Carlos en alguna ocasión, el Señor del Akelarre no es el Diablo en sí, tal y como lo entiende el cristianismo; tampoco es un gran dios antiguo primigenio demonizado, como las teorías de Margaret Murray exponían, hoy ya desacreditadas. Es una figura cuyas primeras raíces o precedentes pueden remontarse muy atrás, pero que se ha conformado a lo largo de la historia bebiendo de mil formas y nombres, y concluyendo finalmente en la visión que hoy se tiene de él. A un nivel menos histórico y más de practicante, la figura del Diablo, como Señor del Akelarre, es en sí un elemento mistérico que sólo se desvelará al que rompa el tabú de acercarse a él. El Maestro es un espíritu que ha estado ahí desde los albores de la humanidad; simplemente le comprendemos a través de las similitudes, símbolos y nombres de otros mitos y caracterizaciones divinas.
Partamos de que la concepción de lo divino en la brujería, por sus precedentes extáticos similares a la vieja chamanidad europea (que a su vez se acercan mucho a las primeras concepciones prehistóricas de lo divino), no son realmente las de un dios separado de la humanidad, cuya palabra es ley; lo divino se comprende como un conjunto de espíritus, más o menos poderosos, pero que siempre mantienen cierto grado de cercanía y diálogo con el practicante. Son espíritus de la tierra, raramente omnipotentes, que por poderosos que sean conviven con muchas otras fuerzas y númenes que escapan de su control, y que tienen sus propios intereses; por ello, humanos y espíritus se comprenden mutuamente como parte del mismo ecosistema y establecen relaciones de alianza, e incluso tutelaje, a cambio de algún beneficio propio.
Dentro de las figuras que construyen la idea del Diablo como ser astado y señor de la brujería, encontramos precedentes como los que podemos ver ya en las pinturas murales prehistóricas de diversas cuevas en Francia y España, que de forma unánime reciben el nombre de “el brujo” o “el hechicero” y muestran a seres híbridos entre humano y animal astado. Si bien repito que no considero que deban tomarse como el “antiguo dios astado de las brujas” que tanto se popularizó a raíz de las teorías de Murray, sí me parecen claramente el precedente de prácticas espirituales de carácter chamánico, en las que el brujo de la comunidad domina el arte del cambio de forma para unirse con el mundo espiritual, algo que ha pervivido de forma clara en el chamanismo y que aún se intuye en el teriomorfismo de la brujería.

Me resulta interesante que en este sentido, pueden sugerir dotar a la figura del Diablo como señor de la brujería el carácter quizá de primer ancestro de este arte, algo muy frecuente en las etapas más tempranas de la religión y la concepción de lo divino (considerar al espíritu o dios de una comunidad, el primer ancestro de la misma). Esta es una atribución que personalmente me gusta bastante de la figura del Maestro. De hecho, las similitudes entre el dios Odín y la figura del Diablo como señor de las brujas son sumamente interesantes, y no sólo por la frecuencia con la que éste se presenta cambiando de forma, de forma engañosa, como tuerto o como cojo, (atributos clásicos del Diablo medieval), sino que Odín conoce y practica el arte del seidr, la brujería nórdica pagana (que supone un interesentísimo eslabón entre las prácticas extáticas paganas y la brujería tardomedieval), y el teriomorfismo. Odín es, en la cultura germana, precisamente el primer ancestro brujo, el primer miembro de la comunidad que aprendió este arte de la mano de las fuerzas de la naturaleza salvaje, representadas por Freyja.
En segundo lugar, y siguiendo el orden histórico, resulta innegable contemplar cómo la figura del Diablo de las brujas bebe directamente de dioses griegos y romanos como Pan/Fauno y sus sátiros, e incluso de Dioniso/Baco (que cabe decir que ambos dioses intercambiaron atributos entre ellos). Todos ellos, se relacionan estrechamente con el éxtasis (el pánico de Pan, la ebriedad de Dioniso como locura divina), poseen un carácter muy sexual y desenfrenado y se relacionan con los bosques y la naturaleza salvaje, la del medio y también aquella escondida dentro del hombre civilizado. El culto del segundo, de hecho, era un culto mistérico, siendo célebres en su momento de mayor esplendor los misterios dionisíacos, en los que por lo poco que se sabe, se buscaba la inducción del trance mediante la danza, la música y el consumo de enteógenos para lograr una regresión de la persona a su estado natural más allá de las normas sociales. Parece que el culto a estos dioses también giraba estrechamente alrededor de la comprensión de los ciclos de vida y muerte y de la fertilidad de la tierra.
En un periodo en el que ambos dioses ya habían intercambiado estrechamente sus atributos, su culto, como culto a la fertilidad y al éxtasis, fue asumido por las bacantes y poseyó también carácter mistérico, sembrando un claro precedente en la imaginería del Sabbat. Las bacantes se reunían de noche en los montes y llevaban a cabo un culto completamente desenfrenado en honor a Baco, basado en el consumo de enteógenos, la sexualidad, la danza, la disolución de la identidad, la transgresión de la norma social y la exploración del lado salvaje del ser (por ejemplo, de ellas se contaba que despedazaban animales con sus manos para comerlos crudos). Cabe decir que, incluso, en su propia época, las bacanales llegaron a ser prohibidas por el escándalo que suponía su transgresión a las normas sociales y porque llegaron a suponer la conformación de una sociedad alternativa dentro de la propia sociedad que podría llegar a desestabilizar el orden establecido. ¿Nos suena? Los atributos descritos de las bacanales tienen pues estrechas similitudes con el Sabbat de las brujas, así como Dioniso-Baco, habiendo tomado atributos de Pan como las cuernas, se asemeja estrechamente al Diablo como señor del akelarre.

Ménade y Sátiro, 50/40 a.C. Fácilmente podría ser "bruja y demonio..."
Otro foco que determina la figura del Diablo de las brujas es, por supuesto la figura de el Diablo en sí. Pero para comprender el Diablo, es necesario hacer una distinción muy importante en cómo se le ha entendido en nuestra cultura católica: el diablo del pueblo, no era el diablo de la Iglesia.
El Diablo eclesiástico posee un claro carácter antagonista de Dios y todo lo que es bueno y, por lo tanto, ningún sentido tendría para nadie acercarse a una figura que sólo puede traerle desgracia. Este Diablo busca sólo la condenación y el sufrimiento del hombre y no tiene una apariencia determinada, no al menos como macho cabrío. Sin embargo, incluso de esta figura ha tomado el Maestro de las brujas algunos elementos, que podemos apreciar también en el luciferismo: se entiende al Diablo como Lucifer, el portador de la luz, como la figura prometeica que desafía el orden tiránico de Dios y roba el fuego divino, la manzana del conocimiento, para entregarla a los hombres. Es la serpiente, no como símbolo del mal, sino como símbolo de la transformación. El Diablo es pues, bajo este enfoque, el que trae la iluminación a la humanidad y hace despertar la llama divina en ella a través de sus misterios.
El Diablo del pueblo, por otro lado, y muy desarrollado en la Edad Media, poca semejanza tiene con el Diablo eclesiástico. Es el espíritu de la encrucijada, el bromista, el que realiza pactos, el que es torpe y a veces fácil de engañar en cuentos y leyendas, el constructor de puentes, el diablo-cabrón, el cojo, el iniciador de la brujería. Él ha bebido de todos estos dioses y espíritus paganos que quedaron en la consciencia colectiva de cultos anteriores, de duendes, de sátiros y de númenes que ayudan a cambio del pago de un precio. Este es el Diablo del folklore y de las hechiceras españolas, que además se presenta a menudo con un carácter plural, conformando a los demonios. Los demonios, en la hechicería, son espíritus que comparten este carácter con el Diablo del pueblo: no son inherentemente buenos ni malos (aunque sí se les tiene por pícaros o engañosos), sino simplemente espíritus con los cuáles se puede comerciar, conocedores del entramado más allá de nuestra realidad visible y capaces de alterar su orden. Son similares a la concepción del Daemon griego, entendido meramente como espíritu.
Así pues, esta es sólo una ínfima aproximación a todo lo que se esconde tras la figura del Diablo de las brujas. Podría hablarse muchísimo más, y me he dejado muchas figuras de las cuáles bebe por comentar. Es sin duda un tema complejo, y que claramente no resonará con todo el mundo. En lo personal, para mí el Maestro de las brujas, el Señor del Akelarre, es un espíritu antiguo y mistérico al que llamamos Diablo por ser el rostro y delimitación que tomó en nuestro contexto cultural más cercano. Es el Diablo, y a la vez es mucho más. Detrás de cada figura, de cada epíteto que un espíritu decide adoptar, se esconde un misterio, y el misterio detrás de este rostro es sin duda imponente, porque nos enfrenta a estructuras muy profundas de nosotros (tanto, que no sabemos ni que las tenemos) conformadas por el orden social en el que vivimos y nuestro contexto cultural. Acercarse a él como tal, a mi parecer, también es esa parte de la gracia y de la transgresión del tabú que supone la brujería, y es un ejercicio sin duda poderoso.
4.2. Espíritus familiares
Los familiares han sido uno de los espíritus más asociados a las brujas en toda Europa, aunque su mayor popularidad se dio sin duda en la zona no continental (Inglaterra y Escocia). En España, su caracterización más común era la de espíritus o demonios, (no era tan frecuente la forma animal como sí lo fue en otras zonas) y poseyeron mucha más vinculación con la hechicería que con la misma brujería.
Román Ramírez, acusado que se dedicaba a la magia de sanación, declaró en 1596 que se ayudaba de su espíritu familiar, llamado Liarde, al que ya su abuelo invocaba en momentos de necesidad y cuya relación él había heredado[11].
Otro ejemplo, del 1621, ejemplifica en una confesión realizada ante la Inquisición de Aragón la creencia en espíritus familiares:
le tubo en su casa algunos dias diciendo que era astrologo y que sabia inbocar familiares y ponerlos en una sortija para efecto de mugeres y juego y para otras cosas [...] y le dijo hiziese un anillo de plata, que pondria en el un espiritu familiar para que este reo lo llevase consigo [...] dixo que no avia creydo que las echizerias y superstiziones que hizo el dicho Juan Calbo fuesen ciertas, y que se hallo a ello por haverle ofrecido el dicho Juan Calbo de darle un demonio espiritu familiar [...] y con intençion de si le daba el espiritu demonio familiar en un anillo, llebarle para ganar al juego y balerse del para las necesidades que se le ofreçiesen[12].
Llevar al familiar en una sortija es algo atestiguado ya en otras fuentes. En la Bula de Sixto V, Coeli et Terrae publicada en 1585, se menciona ya la utilización de familiares en anillos y espejos[13]. De hecho, en el folklore, abunda este tipo de creencia con otros espíritus familiares más similares a duendecillos (aunque en muchos lugares también tenidos como demonitos) como el caso de los minairons en Cataluña, que se contienen en un canutillo de agujas o una botella. Sea comentado de paso, los espíritus familiares no sólo pueden conseguirse mediante la invocación u otorgación por parte del Diablo, sino también mediante ciertos ritos populares como recoger la grana del helecho la medianoche de San Juan.
Otro ejemplo de demonios familiares y cómo debían ser obtenidos:
Pedro Cortés, habitante de Bordón (Teruel), fue acusado a la Inquisición por haberle dicho a un vecino suyo que, si quería tener un demonio familiar, fuera con él a un lugar cerca del pueblo donde pudieran oírse las campanas de la iglesia y que allí,
sosteniese un morcielago y, al primer toque de la Ave Maria, avia de degollar al morcielago y hacer ciertas letras y circulos con la sangre e invocar los demonios, y se le aparecerian los demonios en un cavallo, y podria pactar L...] lo que quisiese.[14]
Pero si acaso existen algunas hechiceras célebres por la posesión de espíritus familiares, estas fueron sin duda las hechiceras de Montilla, conocidas como “las Camachas” (por el nombre de la más famosa de ellas, Leonor Rodríguez “la Camacha”), un grupo de mujeres que se dedicaron a las artes mágicas con gran fama en el siglo XVI y sobre las cuáles incluso Cervantes escribió en su obra. Tres de las cinco hechiceras atestiguaron poseer un demonio familiar y que estos podían ser transmitidos en herencia. Así lo especificaba Catalina Rodríguez, que prometía dar el suyo a otras personas igual que lo había recibido ella; el traspaso había acontecido diciendo la persona que se lo había dado al demonio familiar, llamado Cermeño o Rednan y contenido en un alfiler, que le saliera a Catalina como a ella. Mari Sánchez, otra de las Camachas, también afirmaba que “Tenía familiar que dejaría a otra persona cuando se muriese”[15].

Familiares de las brujas.
Si bien, como se ha indicado, el familiar en España suele tener forma de demonio o espíritu y no tanto de animal, como fue frecuente en otras zonas de Europa, también tenemos testimonio de creencias del mismo este otro formato, como aquellos recogidos en los juicios de Zugarramurdi. Allí se expresaba que los brujos iniciados,
“reciben un sapo vestido que es un demonio en aquella figura para que sirva como angel de la guarda al brujo novicio que ha renegado. […] Por otra parte, vestidos de paño o terciopelo, (los sapos) encarnan a los demonios que acompañan a cada uno de los brujos. Estos los alimentan y después los azotan con unas varillas para que se hinchen; a continuación, los brujos los pisan o estrujan para que vomiten: un agua verdinegra con la que cada brujo se untará la cara, manos, pechos, órganos genitales y plantas de los pies, antes de volar o correr hacia el aquelarre. Además, la marca con que el Demonio señala en la niña de los ojos a los novicios no es sino un sapillo que sirve de señal con que se conocen los brujos unos a otros.”[16]
Por lo demás, si bien existen vestigios de otro tipo de espíritus familiares utilizando vegetales (como la valeriana[17]) o animales (a menudo huesos de sapo), estos no eran comprendidos como espíritus familiares por la comunidad aunque su tratos y sus funciones sugieren claramente eso mismo (probablemente, al haberse desvirtuado notablemente el sustrato animista del pueblo).
Dado a que he hablado de los espíritus familiares en dos podcasts ya, por ahora lo dejaremos aquí.
5. Espíritus naturales y feéricos
Finalmente, y aunque ya he hablado en apartados anteriores de la estrecha similitud de las cortes feéricas con las comitivas espectrales y la brujería, no quería terminar este artículo, cerrando así el bloque de espíritus de la brujería, sin hacer alguna pequeña anotación más sobre los númenes naturales y los seres feéricos.
La brujería es un arte ligado al territorio, en estrecha conexión con sus habitantes y su orografía. Colinas, dólmenes, pozas, cuevas, árboles ancianos y prados locales han sido el lugar de reunión de las brujas, y a su vez han sido reconocidos por el folklore como espacios numinosos, relacionados con hadas, duendes, anjanas y un sinfín de espíritus de la tierra. Por ello, la bruja se ha fusionado con ellos en muchos casos, y ha pasado a formar parte del complejo mítico de estos lugares y a convivir con sus espíritus. Por poner un ejemplo, esto sucede en el Gorg Negre de Gualba, cerca de mi pueblo, una poza sobre la que coexisten pacíficamente leyendas de dones d’aigua (ninfas acuáticas), brujas y el Diablo.
A un nivel práctico, es inevitable para el practicante de brujería conocer esos lugares y establecer relaciones positivas con sus habitantes. Aquellos lugares con leyendas de espíritus, son puertas de acceso a la Otredad, y la alianza con sus moradores una oportunidad de cruzar dichas puertas. Al fin y al cabo, el viaje al mundo de las hadas, ya sea de forma accidental o deliberada (por ejemplo, en las leyendas en las que se entra en sus cuevas la noche de San Juan), no es más que otra máscara o faceta del viaje al Otro Lado; ese viaje en el que el tiempo y el espacio se disuelven fuera de la realidad de nuestro mundo y se produce la comunión con las fuerzas que habitan en la Otredad; ese proceso que supone también el Sabbat y sus lugares míticos, como la Cueva de Biterna.
Podría extenderme infinitamente más sobre el tema del artículo, pero dado a que esta es una serie de introducción a la brujería, creo que por ahora no es necesario llevarlo más allá. Simplemente quería daros una pequeña visión panorámica del entramado espiritual en el que se conforma y actúa la bruja, y que comprendierais por qué ésta se constituye en estrecha relación con los espíritus y su mundo. ¡Espero que os haya servido y gustado mucho!
Como siempre, agradezco comentarios, porque me anima mucho tener feedback. ¡Os mando un abrazo súper fuerte!
¡Felices fiestas de los Mayos!
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[1] Pau Castell Granados, Orígens i evolució de la cacera de bruixes a Catalunya (segles XV-XVI) (Barcelona: Universitat de Barcelona, 2013).
[2] Fabián Alejandro Campagne, Strix hispánica: demonología cristiana y cultura folklórica en la España moderna, Colección Historia extramuros (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2009).
[3] María Ahn, «Enigmas de identidad: ¿lamias, estriges o brujas? En de lamiis et pythonicis mulieribus y otros tratados demonológicos del siglo xv», Anuari de filologia. Antiqva et mediaevalia, n.o 3 (2023): 1-23.
[4] Campagne, Strix hispánica.
[5] Isabel Velázquez, «Magia y conjuros en el mundo romano: las defixiones», Codex aquilarensis: Cuadernos de investigación del Monasterio de Santa María la Real, n.o 17 (2001): 143-162.
[6] Rafael Martín Soto, Magia y vida cotidiana: Andalucía, siglos XVI-XVIII, Biblioteca histórica 12 (Sevilla: Centro de Estudios Andaluces : Editorial Renacimiento, 2008).
[7] Joan Amades, La casa, vol. 37, Arxiu de tradicions populars (Barcelona, 1982).
[8] Aitor Freán Campo, «Persistencia en la tradición cultural delnoroeste peninsular: una exploración del imaginario de la muerte hacia el pasado», GALLÆCIA, n.o 33 (2014): 159-188.
[9] Carlo Ginzburg, Historia nocturna(Barcelona: Ediciones Península, 2003).
[10] María Gómez Alonso, Formas y lenguajes de la brujería en la Castilla interior del siglo XVIII: Imágenes y realidades en contraste (Santander: Universidad de Cantabria, 2018).
[11] Ibid.
[12] Maria Tausíet, Ponzoña en los ojos: brujería y superstición en Aragón en el siglo XVI, Ed. rev. (Madrid: Turner, 2004).
[13] María Helena Sánchez Ortega, «Hechizos y conjuros entre los gitanos y los no-gitanos», Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea 5 (1984).
[14] Tausíet, Ponzoña en los ojos.
[15] Rocío Alamillos, «Las hechiceras de Montilla: saber marginal y transmisión oral en el siglo XVI», Investigaciones históricas, n.o 34 (2014): 13-26.
[16] Tausíet, Ponzoña en los ojos.
[17] Martín Soto, Magia y vida cotidiana.