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Muertos, caminos y dioses domésticos

¡Buenos días!

Hace poco leí este fragmento del libro La Casa, de Joan Amades, y me pareció interesantísimo, porque contiene datos que me han hecho encajar el sentido de muchas otras prácticas y creencias que conocía y establecer más lazos en la red del folklore y de mi propia práctica. Explora la visión del genius loci como primer muerto de la comunidad enterrado en el territorio, una de las varias posibilidades dentro de los espíritus tutelares locales, así como la estrecha relación de los muertos con los caminos y los cruceros, y de las ánimas con las piedras.  

Por eso me ha apetecido traducirlo y traéroslo por aquí. Ahí va:

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¿Quién era el genio o divinidad de la tierra y, por lo tanto, propietario del terreno?

El genio de la tierra era un espíritu, es decir, un muerto, que se había transformado en genio del territorio y del cuál no se podía prescindir. La tierra en la que se alza una casa contiene un muerto que demanda compañía y comida. En las bajas civilizaciones, dónde la higiene era desconocida, el hombre primitivo observaba que tras una defunción, a menudo la seguían otras. Esta observación hizo surgir un gran temor a la muerte, que ha sobrevivido a todas las capas culturales y aún hoy informa el concepto de la muerte en toda la humanidad. Un muerto llama a otro muerto. 

Para aplacar la furia de los muertos, sus familiares les hacían ofrendas e inconscientemente los convertían en divinidades. Así, los espíritus de los antepasados de la familia constituían las divinidades domésticas que velaban por su bien y su prosperidad.

En tiempos primitivos los muertos servían para fijar los límites de las propiedades rurales. Al establecerse una familia en un lugar, para determinar los límites del terreno ponían como marcas las sepulturas de sus familiares, con lo que los muertos o divinidades domésticas daban a la propiedad un carácter de cosa sagrada, sobre la cuál ejercían su tutela y preservaban el terreno de invasiones enemigas. Aún es costumbre corriente señalar la partición de las propiedades rurales por túmulos de piedras de igual forma a la de los primitivos túmulos funerarios, y también recuerdan a esta forma los mojones marcadores de caminos y límites.

Los muertos de una finca no podían confundirse con los de otra. Entre dos fincas inmediatas había que dejar una distancia conveniente que permitiera saber cuáles eran los muertos de cada una. Tocar con el arado la propiedad ajena suponía un sacrilegio, no por la violación de la propiedad ajena, sino por haber ofendido a los muertos vecinos y, consecuentemente, a los dioses. En Roma, por ejemplo, pese a ser una población muy espesa, la ley obligaba a que hubiera un espacio entre casa y casa. 

El espacio libre entre finca y finca dio lugar a los primitivos caminos; el estudio de la prehistoria lo ha comprobado y las líneas de túmulos han permitido determinar el trazado de los mismos en muchos lugares. Se puede asegurar, pues, que los viejos caminos eran determinados por los muertos.

En cierta forma, pues, los caminos se creían de propiedad de los muertos; aún hallamos restos de este derecho divino que les era reconocido en nuestras costumbres. Por ejemplo, el comulgar y los entierros tienen la propiedad de convertir en comunal el camino por el que pasan, hecho que equivale a que a su paso, el camino vuelve a quedar bajo su pertenencia. El refrán corrobora esta costumbre:

“Camino por dónde pasa comulgar, nunca más puede privarse o cerrarse.”(Camí per on passa el combregar, ja mai més es pot privar o tancar.)

En el campo y la montaña los curas que llevan el sacramento a los enfermos y las comitivas funerarias procuran no pasar por terrenos y caminos privados, para evitar el prejuicio que dicho paso reportaría a sus propietarios, ya que nunca más podrían negar el paso a nadie. De aquí el calificativo de “camino de muertos y de vivos” por el cuál se denomina a los caminos comunales por los cuáles pueden pasar los entierros.

La forma más sencilla y más antigua de enterrar a los muertos era taparlos con un gran número de piedras hasta llegar a hacer un túmulo. El folklore refleja que las piedras eran el lugar favorito por las ánimas para residir en ellas, y que en cada una se escondía el espíritu de un muerto. El muerto, escondido bajo las piedras del túmulo, espiaba el transeúnte para apoderarse de él, y éste, para librarse, le tiraba una piedra, y así aumentaba el volumen del túmulo. El viandante podía saber así que el muerto no le atacaría, porque satisfacía su deseo de compañía dándole el alma contenida en la piedra, con la cuál redimía la suya y, en consecuencia, su vida. Así pues, para un muerto una piedra es igual a una persona. De hecho, en muchos lugares creen que no hay que patear piedras, porque son el purgatorio de ánimas y que las contienen.

Todos los excursionistas conocemos bien la costumbre de lanzar una piedra a los lugares dónde ha habido una muerte por accidente o crimen, piedra que actualmente equivale a un acto de respeto hacia la víctima o a una oración dedicada a su ánima. La costumbre es generalizada al pasar junto a cualquier precipicio. Originariamente, incluía el sentido de evitar la atracción del genio de la tierra por asimilarse una nueva vida, de la cuál el viandante sería redimido lanzándole la piedra equivalente al alma.

Encontramos diversas creencias que señalan la posesión del subsuelo por el genio. El cristianismo, en su afán de borrar el paganismo, ha sustituido los antiguos túmulos y mojones marcadores por cruces de piedra; vale decir que, de todos modos, la cruz es así mismo el símbolo cristiano de la muerte y que, pese al cambio, los cruceros no dejan de tener el mismo sentido funerario que los primitivos túmulos de piedras solas.


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