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Las plantas funerarias I

¡Buenas tardes a todos! En el día de hoy os traigo un artículo que ya el año pasado por estas fechas me quedé con ganas de escribir y no he querido perder la oportunidad este año: las plantas funerarias. Hoy nos adentraremos en la etnobotánica, la mitología y el ámbito funerario para explorar las plantas que en la cultura española tradicionalmente se han asociado a los difuntos y han servido para su veneración. Con ello, espero daros algunas ideas para incluir elementos vegetales en vuestra práctica durante estas fechas y entender un poco mejor la botánica funeraria cuando vayáis a los cementerios.

Por supuesto, plantas asociadas a los muertos hay muchísimas, y en esta ocasión voy a tocar tan solo unas pocas acotadas a una función de veneración y apaciguamiento. Incluso en esta categoría, hay muchas más que quedarán por comentar: el olmo, el roble, la encina, el lirio, la palmera, la palma, el antirrino, el narciso, el jacinto, el sauce, el amaranto, la granada, el olivo, el apio, el hisopo… En futuras ocasiones podremos indagar en otras potenciales aliadas dentro del ámbito de la necromancia, con funciones más oscuras o mistéricas, pero por ahora, exploremos estas 5 en este artículo, y 5 más de la misma categoría (las cuáles no he mencionado para que sean sorpresa) en una segunda parte.

1. Ciprés

Fuente 

El ciprés es el árbol funerario por excelencia en el área mediterránea. Tal y como comenta Pío Font Quer, este árbol estaba consagrado a Plutón (dios de la muerte y el Inframundo, equivalente al Hades griego), y por ese motivo se esparcían ramos del mismo a las puertas de los difuntos[1]. Ya desde la antigua Roma era el árbol por excelencia en los cementerios, siendo plantado rodeando las tumbas de personajes importantes, y su madera era un material popular para las urnas de los difuntos debido a su la incorruptibilidad y la durabilidad, con gran resistencia a la humedad.

El ciprés tiene su origen mitológico en el mito de Apolo y Cipariso, el cuál versa de que Cipariso, amante de Apolo, fue obsequiado por el dios con uno de sus bellísimos ciervos sagrados. Cipariso tenía en gran estima al animal, hasta que un día, por error, intentando cazar otro ciervo dio muerte al suyo propio. El joven sintió tal desesperación que pidió a Apolo que le permitiera llorar la muerte de su animal eternamente, y a ese fin el dios lo convirtió en ciprés, árbol que quedó consagrado a los difuntos desde entonces representando el duelo y el sufrimiento por la muerte de los seres queridos.

Siguiendo con sus asociaciones mitológicas, el ciprés se representaba frecuentemente en los cementerios junto con Orfeo[2]. Orfeo es un dios cuyo mito principal, su descenso al Inframundo, ha sido enormemente importante tanto para las culturas clásicas, en las cuáles generó el Orfismo y los misterios órficos, como en la conformación de otras sectas religiosas posteriores (incluso, probablemente, influyendo en el cristianismo primitivo). Orfeo, dios capaz de amansar las bestias y cautivar a dioses y hombres con su canto y su lira, emprendió su descenso a los Infiernos en búsqueda de su difunta esposa Eurídice, superando diversas pruebas gracias a su talento. Perséfone y Hades le conceden el regreso de su esposa con la condición de que en el camino de vuelta ande tras Orfeo, que no se podrá girar hasta que al salir ella esté completamente bañada por la luz del sol. Como suele suceder en esta clase de mitos, el tabú se rompe y Eurídice desaparece para siempre en el Inframundo. De este mito quedó la creencia en que Orfeo conocía la forma de llegar al lugar de los bienaventurados en el Inframundo y evitar todos los obstáculos y trampas que esperan al alma tras la muerte[3]. Otra conexión del ciprés con el camino de descenso a los infiernos y los acertijos que los muertos han de pasar para llegar al mejor destino posible la hallamos en la creencia de que al comienzo del descenso, se encuentra una fuente a la derecha, señalada por un gran ciprés, de la cuál no se debe cometer el error de beber por sediento que se esté[4].

Plinio dejó constancia ya de que la rama de ciprés era señal de luto, y que además de colgarse en casa componía coronas que portaban los asistentes a los funerales. El ciprés representa la eternidad y la persistencia de la vida tras la muerte por su carácter perenne y su longevidad, ya que alcanza a vivir más de mil años. Su forma estilizada dirige la vista al cielo, incentivando más aún la connotación del viaje del alma y su ascensión, según el paradigma cristiano, o su descenso al inframundo, en contexto romano [5], ejerciendo de axis mundi psicopompo. Además, sus raíces sólo crecen hacia abajo y no se extienden hacia los lados, lo cuál, además de simbolizar el descenso al Inframundo lo convierte en un árbol adecuado para los cementerios porque no remueve las tumbas. Aún en tiempos recientes, en algunos lugares el ciprés mantiene algunas creencias de su unión con el mundo de los difuntos, como que cada uno de sus frutos esféricos representa el ánima de uno de los muertos del cementerio[6].

En nuestra práctica podemos incluir el ciprés como elemento funerario para generar paz, descanso y facilidad de tránsito entre mundos a los difuntos, de modo que, como árbol guía tocado por Orfeo, eviten todos los males y hallen un buen lugar en el Inframundo, además de que puedan tener la capacidad de venir a nosotros y regresar a él sin problemas. Podemos usarlo también para mostrar nuestro duelo y respeto hacia ellos, así como para representar su eternidad y la pervivencia de su recuerdo.


2. Siempreviva (género helichrysum)

Fuente 

Esta flor es una de las más frecuentes en la ornamentación escultural de los cementerios, en la cual aparece esencialmente en forma de coronas. Las siemprevivas fueron muy utilizadas hasta no hace tanto en las ofrendas a los difuntos por su particularidad de no marchitarse, sino de quedar intactas y hermosas una vez secas, lo cuál, además de simbolizar la permanencia y la eternidad, da a la ofrenda una gran durabilidad y evita el frecuente aspecto abandonado o mustio de las tumbas con flores estropeadas. Pese a que no he podido hallar menciones de cuándo comenzó a utilizarse, su popularidad es indudable en nuestra simbología funeraria. Además de permanecer siempre hermosa y en buen estado, su aspecto, redondo y de colores amarillos o naranjas, tiene una clara atribución solar y luminosa que podría leerse como una aportación de luz y protección al difunto en su camino. Además, en la hechicería popular española del siglo XVII[7] hay menciones a su uso con fines purificadores y de abundancia, lo cuál añade interés a esta connotación.

Como curiosidad, tardé a comprender que la siempreviva es la planta de las coronas esculpidas como la que véis arriba. El clima las desgasta mucho y les borra las incisiones que marcan los pétalos, y yo siempre me encontraba con esa planta misteriosa por todas partes en los cementerios y no lograba identificarla. ¡Finalmente pude atar cabos!

Podemos utilizar la siempreviva como ofrenda que simbolice la permanencia del alma y de nuestro recuerdo del difunto, la luz su camino y el bienestar al Otro Lado.


3. Álamo

Fuente 

El álamo es reconocido como un árbol funerario desde la antigua Grecia. Tal y como expresa Celestí Barallat en su Botánica Funeraria, su forma es elevada y similar al ciprés, lo que le proporciona un simbolismo similar, aunque menos grave y más poético. No es esta la única coincidencia entre ambos árboles, ya que el álamo posee también una asociación mitológica al viaje de descenso al Inframundo. Dícese de él que coronaba la cabeza de Heracles cuando tuvo que descender a los Infiernos para probar su condición semidivina, y por tal motivo la hoja de álamo quedó tal y como la conocemos, de dos colores: la cara que tocaba la cabeza del héroe quedó blanca, mientras que aquella expuesta a los vapores infernales se tiñó de oscuro. Por este mito también el álamo blanco (Populus alba) está consagrado a Heracles mientras que el álamo negro (Populus nigra) está consagrado a Perséfone, aunque es frecuente que a ella se relacionen los álamos de ambas especies. De hecho, en la mitología griega se consideraba que las entradas al Inframundo se hallaban en bosques de álamos negros, o custodiadas por uno a cada lado. Son árboles pues de carácter liminal, que marcan la linde entre nuestro mundo y la Otredad.

Otro mito del origen del álamo es el de la ninfa Leuce, que fue raptada por Hades y llevada al Inframundo. La joven pasó toda su vida allí como su amante, y tras su muerte natural, Hades (o según la versión, Perséfone, por celos) la convirtió en un álamo blanco en los Campos Elíseos, la región más bella del mundo de los muertos. Hay autores que proponen que Leuce sea otro epíteto de Perséfone.

Finalmente, cabe comentar que según Gubernatis, en los juegos funerarios de Rodas el vencedor era coronado de álamo por ser árbol consagrado a los manes, los dioses en los que se convertían ciertos ancestros difuntos.

Podemos incluir el álamo en nuestra práctica con fines similares al ciprés, pero también como aliado para acercarnos a la liminalidad entre mundos y estar más cerca de las voces de nuestros antepasados. Curiosamente, las yemas de álamo son un elemento recurrente en los ungüentos de vuelo de las brujas en el siglo XVI, que aunque estén presentes principalmente por la inspiración de estos en el unguentum populeon, un preparado apotecario de la época, no deja de tener un gran valor mágico-simbólico.


4. Asfódelo 

La flor del asfódelo enraíza sus asociaciones funerarias también en el mundo griego. El mundo de los difuntos poseía diversos territorios a los cuáles podían acudir los muertos según su condición: al Tártaro los malvados, a las Islas de los Bienaventurados y a los Campos Elíseos los muertos virtuosos, héroes o iniciados en los misterios, mientras que la mayor parte de la población habitaría los Prados de Asfódelos. La caracterización de dicho lugar varió mucho según la época y el autor, presentándose tanto como un lugar oscuro y tenebroso, como un lugar neutral en el cuál los difuntos llevaban a cabo tareas rutinarias como si estuvieran vivos, como un paraíso. A menudo se creía también que el lugar se presentaría distinto a cada persona, en función de su carácter en vida. En todo caso, el elemento común sería que dicha región estaría recubierta de las flores blancas de asfódelos, lo cuál ganó a la especie su asociación a la muerte y, según se creía, como uno de los alimentos favoritos de los difuntos. De hecho, esta flor era considerada por los griegos como una panacea y un antídoto absoluto, lo cuál casaría con su asociación a la inmortalidad y su función de restituir a los muertos y darles “vida” y alimento tras la muerte. Parece ser que además, coronaba las representaciones de diversas divinidades de carácter fúnebre como Dioniso, Perséfone, Semele y Artemis funeraria[8].

Los asfódelos son una gran ofrenda floral a los muertos, aunque no acostumbran a estar en flor en temporada del día de Difuntos. Sin embargo, recolectados en primavera, pueden servirnos para componer aceites o inciensos funerarios que posteriormente usar en estas fiestas. Podemos utilizarlos también en representaciones artísticas funerarias.


5. Violeta

 Las violetas, aunque hoy en día notablemente olvidadas en el ámbito funerario por su pequeño tamaño y poca durabilidad, fueron antaño una de las plantas más reconocidas en este aspecto desde la antigua Grecia. Son flores que representan la humildad y la modestia, algo que en la ritualística funeraria se consideraba una virtud por no tener un carácter exhuberante y festivo, sino sobrio y sincero. Su color violeta era considerado un color de luto antes de que lo fuera el negro. Su fragilidad y la fugacidad de su aroma representan la unión de la juventud y la muerte, la fragilidad de la vida.

Uno de los mitos que unen a las violetas con el mundo funerario es que es una de las plantas que se dice que Perséfone recogía cuando fue raptada por Hades[9](asociación que veremos que recibe más de una flor).

Las violetas han sido habitualmente plantadas en las tumbas de los muertos, sobretodo asociadas a las doncellas y niños. Esto puede apreciarse tanto en territorio hispano, en el que, por ejemplo, en Cataluña, aún se atestiguaba en la primera mitad del siglo XX que fuera costumbre enterrar a las chicas jóvenes con una corona de violetas[10], con como en otros lugares de Europa: “lilies for a bridal bed, roses for a matron’s head, violets for a maiden dead” (lirios para un lecho nupcial, rosas para la cabeza de una matrona, violetas para una doncella muerta). De hecho, en la bellísima obra de Ofelia de John Everett Millais podemos apreciar que la muchacha porta un collar de violetas como símbolo de su muerte joven.

Curiosamente, la asociación de las violetas con la muerte la podemos apreciar no sólo en lugares de influencia latina, sino también en las culturas eslavas[11].

De la violeta tricolor (Viola tricolor) surgió la especie híbrida del pensamiento (viola x, wittrockiana) de flores más grandes y vistosas pero igualmente frágiles y delicadas, manteniendo el símbolo de la fugacidad de la juventud y la fragilidad de la vida. Su nombre, además, invita al recuerdo de aquellos que ya no están.

Si tenemos un ancestro o pariente que murió siendo niño o una chica joven, la violeta es la flor por excelencia que será adecuada como ofrenda (su aceite esencial o colonia, en ramilletes o coronas, etc.) Sin embargo, es una especie conveniente para cualquier difunto y su aroma es una gran aportación a nuestro altar.


Espero que os haya gustado este artículo. Me gustaría publicar una segunda parte con otras plantas de gran relevancia en nuestra cultura funeraria.

Recordad que la forma de utilizar estas plantas puede ser muy amplia, y no siempre tienen que incluirse en forma de los clásicos ramos. Podemos mencionarlas en poesías y dedicatorias a los muertos, dibujarlas, preparar con ellas tinturas para consagrar el altar o poner en el quemador de esencias, preparar aceites para que nos ayuden a contactar con los difuntos, ponerlas en inciensos votivos… ¡Disfrutemos de ser imaginativos!

Feliz entrada al mes de octubre. Un abrazo.

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[1] Font Quer, P. (2016). Plantas medicinales. El Dioscórides renovado. Península.

[2] Barallat, C. (2022). Principis De Botànica Funerària (Base Històrica). Base.

[3] Pierre, G. & Payarols, F. (2014, 4 junio). Diccionario de mitología griega y romana (2a ed., 1a imp.). Paidos.

[4] Zamora, Y. (2015) Arqueología del infierno. El Hades a través del arte. Repositorio institucional de la Universidad de La Laguna.

[5] Barallat, C. (2022). Principis De Botànica Funerària (Base Històrica). Base.

[6] Amades, J. (1980) Folklore de Catalunya. Costums i Creènces. Editorial Selecta Barcelona.

[7] Martín, R. (2022). Magia Y Vida Cotidiana Andalucía. Editorial Renacimiento

[8] Barallat, C. (2022). Principis De Botànica Funerària (Base Històrica). Base.

[9] Barallat, C. (2022). Principis De Botànica Funerària (Base Històrica). Base.

[10] Amades, J. (1980) Folklore de Catalunya. Costums i Creènces. Editorial Selecta Barcelona.

[11] Inkwright, F. (2021) Botanical curses and poisons. The shadow-lives of plants. Liminal II

Comments

Me ha encantado, superinteresante el artículo! ✨

Hermoso artículo 💓al ciprés lo veo mucho en las entradas de las casas de campo y sembrados desde hace muchos años formando pequeños bosques en estas casas, he preguntado y me dicen que son sus guardianes, también he visto tienen mucho amor y veneración por ellos son muy hermosos. Gracias 💓🌸🙏


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