El Bosque Nocturno
Added 2021-11-21 16:01:02 +0000 UTC¡Muy buenas a todos! Hoy os traigo un artículo de reflexión personal en el que llevaba bastante tiempo pensando como una forma de ordenar mis propias conclusiones, pero que finalmente creí que podía ser interesante dirigir a otros paganos y brujas a los que les interese cotillear un poco prácticas ajenas. ¡Así que allá va!

El Bosque Nocturno
Las últimas luces desaparecen en un tembloroso horizonte y el Sol se adormece en las profundidades del Inframundo. Un viento frío se ha llevado con su soplo los recuerdos del verano. La oscuridad se derrama como el agua de un cántaro roto, mojando con su manto todo lo que encuentra a su paso. Cada día un poco más, unos minutos más... como si poco a poco, sin que nos percatáramos, quisiera engullirnos por completo.
De niños todos tenemos en cierta medida miedo a la oscuridad por mero instinto de supervivencia, pero al crecer aprendemos a usar otros parámetros para evaluar de manera racional las posibles amenazas del escenario en el que nos hallamos. De esta manera la oscuridad deja de ser algo que nos de miedo, o al menos, deja de darlo en entornos controlados.
He de decir que, en mi caso, algo jugó un papel muy importante en la pérdida del miedo a la oscuridad: dejar de creer en el mundo intangible. Fue como borrar de un plumazo un enorme abanico de posibles amenazas a las que temer, y me sentía más fuerte creyéndome inalcanzable por maldiciones, espíritus malintencionados y almas en pena. Pero ay, amigos. Volver a la espiritualidad fue maravilloso, pero vino con un pequeño regalo: volver a aceptar la posibilidad de aquellos peligros que se escapan de la razón habitual, volver a considerar que aquellos miedos de cuando era niña podían ser reales.
Temer a lo invisible es una faena, porque ni siquiera sabes a qué temes. Comprendes que hay una dimensión tan basta más allá de tu percepción que jamás serías capaz de conocerla por completo, lo que te deja con una enorme sensación de imprevisibilidad y algo que llevamos muy mal hoy en día, de falta de control. ¿Y es que qué nos da más miedo de la oscuridad que la falta de control que tenemos en ella?
Evidentemente, a estas alturas huyo del sensacionalismo y de la absurdidad de algunos mitos y supersticiones alarmistas que denotan escasa experiencia con el mundo intangible, y que perpetúan su demonización. Por mucho que algunos crean lo contrario, la racionalidad también es aplicable al trabajo con el mundo de los espíritus, y en muchos casos basta con tener dos dedos de frente para vivir la Otredad de manera enriquecedora, y un poco de experiencia, poco a poco y con cautela, para adentrarnos más allá en ella sin salir perjudicados. Sin embargo, creo que es innegable que aunque nuestra experiencia y nuestra lógica nos den seguridad, siempre va a haber una posibilidad, remota a veces, enorme otras, de que suceda algo que no estaba en el plan, de que el escalón que ya creíamos seguro de pronto se rompa y nos precipite al vacío. Esa es la naturaleza del Otro Lado, al final, y trabajar con él es asumir esta incerteza con elegante deportividad y dejarse en las manos del destino.
La oscuridad es el territorio del Mundo Invisible por excelencia. El folclore europeo lleva tejida desde sus inicios la dicotomía entre la luz y la oscuridad, que a su vez corresponden al plano celeste y al plano ctónico, a los vivos y a los muertos, al mundo visible y al invisible, al anverso del telar de la existencia y a su misterioso reverso. El Sol, con su luz, disipa los espíritus ctónicos actuando como apotropaico, y reina sobre lo visible. Al marcharse, las fronteras del mundo de los espíritus avanzan ávidamente y ganan terreno, conquistando nuestra realidad, ganando mucha más capacidad de actuar en ella. La noche es como sumergirnos en su mundo, y en él, somos mucho más capaces de verlos, sentirlos y afectarnos mutuamente. La mitad oscura del año no deja de ser una larga noche, el tiempo en que la guardia de los espíritus nocturnos y ctónicos es más larga, y así lo atestiguan la infinidad de leyendas otoño-invernales de apariciones, cabalgatas nocturnas y ánimas en pena. Y por muy majos que seamos, no todos esos espíritus tienen intenciones nobles.
Sin embargo, y especialmente como pagana y bruja, es inevitable contemplar el atractivo de ese mundo y de todo lo que proporciona al tejido de nuestra realidad. Los espectros del invierno son aquellos que pudren el viejo ciclo y lo transmutan en sustrato fértil el sustrato para el nuevo; aquello que creamos en nuestro mundo lo tomamos del otro, del mundo de la inexistencia, de la disolución, de las oscuras aguas uterinas del Otro Lado. Aquellos que habitan en él conocen mucho más de lo que abarca nuestra vista, y qué seductora es la idea de que nos susurren lo que ven, que muevan aquellos hilos que no alcanzan nuestros dedos...
Puede que este sea uno de los motivos que me llevó a la brujería, y desde luego es uno de los que me ha llevado a enfrentarme a uno de mis miedos recuperados en mi regreso a la espiritualidad: el bosque nocturno.
El bosque es el territorio lo que la noche es el ciclo diario en materia de espíritus. Como bien decía Claude Lecouteux en su libro Demons and Spirits of the Land, el bosque es el último reducto del paganismo en el mundo civilizado. Conforme la nueva religión se fue extendiendo, las leyendas, las creencias y las costumbres paganas fueron quedando relegadas al ámbito rural y los espacios de difícil acceso, al mar, las montañas y las arboledas que por su espesor y dificultad de control habían impedido su conquista. Y allí, aunque cada vez con una voz más débil, han sobrevivido contra civilización, racionalismo y religiones ajenas a través de la marea de los siglos.
Como invita a reflexionar leer al autor, lo mismo sucede en materia de espíritus. El Otro Lado representa la naturaleza salvaje, el caos primigenio destructor y generador de la vida, aquello que escapa al dominio humano; tal y como nuestra sociedad ha domado la naturaleza salvaje o la ha expulsado del entorno, lo mismo ha sucedido con los espíritus que habitaban naturalmente en ella. Algunos, como muertos, espíritus domésticos, entidades de culto comunitario o espíritus naturales acostumbrados a la interacción humana, se adaptaron a entretejerse con nuestra nueva forma de vida. Otros, aquellos espíritus más agrestes, más primigenios, de carácter mistérico o marginal y más ligados al medio natural silvestre fueron desterrados al medio que escapaba de la dominación, a los bosques y los riscos, a los desiertos y las profundidades de la tierra y del mar. Y es allí donde podremos encontrarlos y aprender de sus misterios.
Cabe decir que muchos de los bosques con los que podremos trabajar no serán espacios realmente salvajes, pero sí serán la antesala a ellos, y los espíritus que hallemos allí estarán más cerca de este carácter que los que encontremos en la seguridad de la población. En su medio natural, protegidos de la luz bajo la sombra de los árboles, y lejos de estar constreñidos por la civilización (y también nosotros lejos de nuestra dimensión usual, algo que nos aporta mucho, como ya veremos) estos espíritus ctónicos podrán hablarnos de un sinfín de conocimientos que como caminantes de esta senda nos fascinará escuchar. Son aquellos que podrán revelarnos los secretos de las plantas y de cómo sanar (y su otra mitad, dañar) cuerpos y almas con ellas; son aquellos que rebosarán fertilidad, creatividad y abundancia, pero también tendrán la capacidad de desintegrar aquello que no consideren necesario; son aquellos que podrán hablarnos de la vida y de la muerte y nos harán comprender nuestro lugar en el ciclo, y aquello que nos espera una vez nuestra carne se descomponga. Como partícipes y dispensadores de todo esto, ellos conocen en gran parte el destino, y podrán ver a través de nosotros y revelarnos aquellas partes de nuestro interior y de nuestro devenir que nosotros mismos desconocemos.
La historia y el folclore se han ocupado de representar la estrecha relación entre la bruja, la noche y estos espíritus a lo largo de los siglos. La brujería ha sido desde la antigüedad un arte marginal y liminal que se establece al borde de una sociedad que la rechaza y a la vez la necesita, y se plantea precisamente como puente entre el mundo civilizado y el mundo salvaje, entre el mundo material y el mundo intangible. No por nada el coventículo clásico acontece con clandestinidad y nocturnidad en los bosques, prados o cimas lejos de poblado, en el lugar y el momento en que nuestra realidad se cruza con el Otro Lado y nos adentra en el territorio de los Maestros del sabbat. Fuera del orden habitual y de lo conocido, tanto a la bruja y su arte como a la naturaleza salvaje y sus espíritus, desde la sociedad se los teme.
Pero para llegar a esta encrucijada entre mundos y a ganarse los misterios de estos espíritus, es precisamente necesario dejar de posicionarnos en el lado de la civilización y del orden habitual y romper la barrera del tabú y del miedo. Salir de la zona de confort, despojarnos de nuestra piel de este lado y tomar la del otro. Esto podemos hacerlo de muchas formas, y yo sólo os propongo muy sencilla y, a la vez, complicada: caminar con nuestros propios pies a su territorio y plantarnos en su bosque en plena noche.
Parece simple, pero hacer esto, entregar unas ofrendas y hacer una simple invocación allí puede ser un proceso iniciático como pocos hay en este camino. Y he de decir que las primeras veces, las pruebas a las que te enfrentarás a menudo ni siquiera serán las de los mismos espíritus o maestros, sino a las tuyas propias. A tu miedo, a tu inseguridad, a tus dudas. Y eso puede traer reflexiones muy duras pero muy reveladoras. Seguro que me habéis oído alguna vez contar por encima mi primera aventura de este tipo y reírme de ello: mi amigo Carlos, de quién he aprendido mucho, me aconsejó, para desatascarme en un punto en el que no sabía por dónde tirar pese a sentir un enorme llamado por el mundo de los espíritus, y en el que me costaba encontrar el camino al trance, que fuera al bosque de noche con la luz de una vela y una ofrenda, entregara la ofrenda, llamara a los espíritus y esperara. Yo, ni corta ni perezosa, fui adelante con todo: fui al Roc de les Bruixes, una piedra con petroglifos con múltiples historias de apariciones diabólicas y de brujas a la que no había ido nunca antes, sin cobertura en el móvil, y en mitad del bosque al anochecer. El camino era relativamente fácil de seguir de regreso, eso diré en mi defensa, porque por lo demás, menuda idea. Un 10 a experiencia impactante, un 0 patatero a prudencia.

(Este es el Roc, está en Canillo y la verdad es que es muy chulo, pero subir es un cuestón tremendo jaja)
Hice lo previsto una vez allí al atardecer y al caer las últimas luces del día… simplemente, me morí de miedo. Como de un momento a otro, algo hizo click y se desató. Sin más, sin ningún sentido. Ni apariciones, ni cosas raras. Bueno, quizá sí: parece que invoqué todos mis propios demonios. Una batalla campal en mi cerebro bombardeándome con mil preocupaciones, dudas, excusas y posibles amenazas, el “QUÉ NARICES HAGO AQUÍ” y las ganas de salir corriendo. Siendo francos, quizá lo que sucedió fue que los espíritus del lugar me echaron de una patada en el culo, pero ocurriera lo que ocurriera, sé que a lo que me enfrenté profundamente fue a mis propios límites. Al final, me despedí y regresé, y bajando del risco me iba resbalando y cayendo de culo de lo aterrorizada que estaba. Y aclaro para entender la magnitud de la emoción: no estaba “rallada” pensando estas cosas, estaba fuera de mí. Literalmente. Si yo fui queriendo entender los procesos del trance, pues este es uno de los trances más potentes que he vivido nunca. Me sentía fuera de mi cuerpo, fuera de mi identidad, con una percepción del tiempo y de la memoria inmediata tremendamente distorsionadas. Y la cosa no terminó ahí, porque esto es lo que tienen las experiencias que son de algún modo iniciáticas: calan a lo más profundo, destruyen y transforman. Ese proceso me duró e incluso intensificó cuando llegué al coche, y cuando al fin, bajada un poco la sobredosis de adrenalina, logré poder conducir y llegar a casa, en un ambiente seguro, me enfrenté a un panorama aún peor, la realidad de que esto no es un juego de niños, que en este camino pueden haber cosas maravillosas pero también emociones muy duras y peligros de los que hace falta cuidarse y me llevó a plantearme si de verdad este era un camino que quería transitar o prefería seguir viviendo en el plano físico sin buscar interactuar activamente con el intangible. Para mi fue un punto de inflexión que me derrumbó. Pero al día siguiente, me reconstruí. Y aquí estamos.
Evidentemente, no sigáis mi ejemplo, porque fue estúpido e imprudente, pero aprendí mucho de ello. A veces, una buena bofetada nos espabila y nos enseña mucho más que mil divagaciones. De ello, por ejemplo, saqué mucho entendimiento de cómo funcionan y se sienten en mí los procesos de trance (que evidentemente, hay formas de trance infinitamente más agradables que el terror) y me reafirmó en el camino. Sin embargo, estas experiencias comportan riesgo y podría haberme salido muy mal la jugada.
Sigo siendo partidaria de que el bosque nocturno es un espacio brutal para el trabajo espiritual de carácter más mistérico, pero por los dioses, un bosque que ya conoces, con el que tienes confianza o buen rollo, o si lo desconoces, al menos no yendo solo. En este contexto más prudente, las experiencias pueden ser tremendas, impactantes e igualmente profundamente constructivas, y de hecho así lo han sido para mí y mi coventículo, pero de una manera generalmente mucho más agradable que la anterior.
Este último par de años, desde entonces, he ido aprendiendo a trabajar con este entorno nocturno. En grupo, nunca me ha dado miedo, pero sola me he tenido que enfrentar mucho a mi necesidad de control e inseguridad. Hay personas que de forma natural no temen para nada el bosque de noche, sino que les da paz, pero yo he tenido que aprender a enfrentar mis límites para que sea así. Quizá me he criado tan separada de ello que no concebía como natural algo tan natural como esto, y sobredimensionaba las posibles amenazas. Es algo de lo que estoy contenta de haber trabajado, porque ahora que apenas tenemos horas de luz y no puedo salir a pasear durante el día, puedo salir igualmente a la naturaleza de noche, y eso para mí es muy importante.
Así que ¿qué me ha aportado a mí y qué conclusiones he sacado de este camino?
En primer lugar, que cabe decir que el trabajo espiritual en el bosque es muy potente de por sí ya sólo por lo que hemos comentado, y de hecho yo trabajo espiritualmente en él durante las horas diurnas en un 80% de las veces. Si no nos es posible o no nos gusta la idea de trabajar de noche con él, no es necesario que lo hagamos; es sólo una de tantos caminos que podemos explorar, y muy posiblemente podamos llegar a los mismos conocimientos por otras vías.
Entrando en materia, creo que como habíamos comentado anteriormente, la noche es un lugar en el que el contacto con los espíritus es más posible y fácil de llevar a cabo. Es un tiempo en que las barreras se desdibujan y ambos mundos se permean mutuamente. Por su lado, porque la noche es territorio de los espíritus ctónicos, y por el nuestro, porque la noche y la oscuridad, y también el mismo bosque, por ser un espacio fuera de nuestra zona de confort y por la gran connotación espiritual que tiene en nuestra psique, son increíbles potenciadores de los sentidos y del trance. En mi experiencia, si estoy tranquila, llego a tener una sensación casi onírica, porque la oscuridad genera como un efecto de somnolencia y calma. Eso acerca muchísimo a ellos.
Aunque relacionemos la proximidad de contacto de los espíritus ctónicos especialmente con la noche, la realidad es que ellos están siempre alrededor, pero durante el día estamos acostumbrados a no prestar atención a la dimensión espiritual de las cosas. Durante la noche, de pronto, al salir de nuestras rutinas y de nuestras distracciones diarias, nuestra percepción cambia, nuestra mente se vacía de “mundanidad” y se abre espacio para que devolvamos a nuestras percepciones su posible dimensión espiritual. Privados de la vista y del ruido diurno, nuestros otros sentidos se agudizan enormemente, y a menudo nos percataremos de sonidos, formas y estímulos de los que, aunque igualmente presentes durante el día, no nos habíamos dado cuenta. Al final, no hay nada como no ver para percibir aquello invisible. Este es un ejercicio magnífico para quitarnos sesgos perceptivos y conocer mejor el entorno, pero además me encanta porque nos hace reflexionar de nuevo sobre esta dimensión espiritual de las cosas. Un crujido durante el día no nos llamará la atención, porque pensaremos automáticamente que es un animal que ha pasado cerca. Un crujido durante la noche dispara mil posibilidades tangibles e intangibles en nuestra mente, entre las cuales nos plantearemos la posibilidad “sobrenatural” (y detesto esta palabra, porque no considero que exista nada fuera de lo natural). Consecuentemente, aunque durante la noche muchos animales estén más activos y puede efectivamente haber sido un animal, valoraremos mucho más que el sonido de ese animal puede haber sido, por ejemplo, una manifestación física de un espíritu local como el genius loci, que se comunica a través de los habitantes de su territorio (que a su vez le conforman como entidad colectiva). En el mundo silvestre las divisiones entre todas las cosas, así como entre el mundo de los espíritus y el físico son mucho más difusas... o quizá simplemente ellos viven menos la ilusión de estar separados del resto de seres.
Sumado a esto, los espíritus nos rodean e influyen en nuestro mundo sin que nos demos cuenta constantemente, pero no están acostumbrados a que se les llame, interpele o preste atención activa. Por ese motivo, es común que se manifiesten mucho más cuando les hacemos caso, para bien y para mal. Desde agradecimiento por nuestras atenciones a ponernos a prueba o buscar obtener algo de nosotros. Por eso, he acostumbrado a notar manifestaciones más activas cuando les llamas a cuando simplemente paseas por el entorno. Cuando quiero tener la fiesta en paz dando un paseo nocturno, simplemente hago como si no les notara, voy a la mía. En el caso de querer interactuar, se lo hago saber.
Por otro lado, como he comentado a lo largo del artículo, esta ha sido una gran oportunidad para conocer mis inseguridades y miedos y establecer un diálogo más constructivo con ellos. ¿A qué se le teme? Si las amenazas tangibles están controladas, por ejemplo, sabemos que no hay animales peligrosos en el lugar, no es un lugar con delincuencia o transitado por gente de mal rollo, sabemos que no nos vamos a perder porque el camino es fácil, conocemos el lugar y llevamos alguna protección (yo llevo una navaja) tenemos mucho ganado. Me he dado cuenta de que en este contexto los miedos remiten mucho a la sensación de vulnerabilidad que genera tener tu sentido primario, la vista, inhabilitado en gran medida, y a lo poco acostumbrados que estamos a prestar atención a la información de los otros sentidos. Cuando por obligación es la única información que tenemos, se nos hace extraña y no reconocemos los estímulos por mucho que siempre hayan estado allí. Este es un miedo que se pasa con la práctica, que lleva a naturalizar todo esto.
Finalmente, puede haber un miedo a lo espiritual. Miedo a que suceda algo imprevisto que nos saque de nuestra realidad conocida, de nuestra zona de confort, que nos impacte mucho y nos derrumbe las estructuras en las que confiábamos. Quizá no todos tengan este miedo, pero aunque ya no me importune casi, yo lo tengo en la recámara porque me ha sucedido en unas pocas ocasiones (tanto para bien como para mal), y siempre en este escenario. Habiendo experimentado cosas que jamás creía que fuera a experimentar, ¡ya me lo espero todo!
Sin embargo, al final me quedo con esto: si conoces al lugar de día, en el fondo lo conoces de noche. Puede haber espíritus y animales que de día no están tan activos y de noche se muevan más, y siempre podrá pasar algo imprevisto, pero tu trabajo con ese territorio y las alianzas que has forjado en él te cuidan y te respaldan. Hay que confiar en nuestros resultados y en nuestros amigos, porque nos acompañan. Nunca pasearemos solos.