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El día de Difuntos: la Puerta al Otro Mundo

¡Buenos días! Como os prometí, os dejo por aquí el primer capítulo del librito de Samhain de este año. Os recuerdo que estáis a tiempo de hacer reserva si queréis cajita! Vamos allá.

Un año más, el verano ha terminado, y con su muerte reciente su calor se desvanece y su luz se apaga. La noche reina cada día un poco más, el frío nos acaricia la piel como dedos muertos. A las puertas del invierno, la celebración del Día de Difuntos, contemplada desde antes siquiera del nacimiento del cristianismo bajo el nombre de Samaín, Samhain, Trinoxtion Samonii o una infinidad más de títulos locales que no han tenido la ventura de sobrevivir, marca el umbral de un cambio en el orden de lo conocido.

En territorio ibérico, el Día de Difuntos ha absorbido componentes de varias culturas y religiones a lo largo de los siglos, partiendo de una base marcadamente celta y, posiblemente, indígena. Con la conquista romana, que nos ha legado una enorme influencia en el folklore y las tradiciones hispanas hasta día de hoy, la celebración tomó algunos atributos clásicos del ámbito funerario y del culto a los ancestros del paganismo grecolatino, como el uso del ciprés, las rosas o la adormidera en necrópolis, costumbres funerarias y culto a los muertos, y una infinidad de prácticas apotropaicas. Sin embargo, cabe mencionar que para este pueblo, las celebraciones de muertos solían ubicarse al final del invierno y principios de primavera, y no tenían un equivalente en la fecha de otoño con el cual realizar su interptretatio de la fiesta nativa, con lo que pese a intercambiar elementos, se mantuvieron bastante como celebraciones independientes, marcando las fiestas romanas otras celebraciones más cercanas a sus fechas como las fiestas de final de invierno y los posteriores carnavales. 

Tras la cristianización, la celebración del Samaín, imposible de erradicar, se “santificó” como el día de Todos los Santos y el día de Difuntos, adaptando su imaginería y creencias a las admitidas por el catolicismo (o, más bien, en gran parte, adaptando el catolicismo a las creencias ya establecidas en la población). Aunque surgieran nuevas costumbres y se fueran perdiendo otras, eso no hizo que se perdiera el sustrato de base, simplemente que se presentara con otra máscara, mostrando una enorme persistencia por un sencillo motivo: las creencias y las prácticas del Día de Muertos no son un suceso aislado, que por lo tanto penda de un hilo fácil de cortar, sino que están ubicadas y son sustentadas por un enorme entramado de creencias, cosmología y experiencias que se extienden a lo largo de todo el año, todas ellas profundamente implantadas en la psique y la cultura del pueblo como la forma en que éste entiende el mundo. 

Mucho se habla de la celebración de Samhain y sus versiones modernas, como Halloween, como un día en que el velo entre ambos mundos es más fino y por lo tanto el contacto con los muertos es más posible. Esta creencia tiene un fundamento en el folklore que desconocemos hasta qué punto se dio de esta misma forma antes de la época cristiana, pero que en los últimos siglos ha estado muy presente. Se creía que el 1 de noviembre, al punto del mediodía (en algunos lugares a las 2 de la tarde) los muertos salían del purgatorio y acudían a convivir con sus familias hasta la misma hora del día siguiente, 2 de noviembre, Día de Difuntos. Durante estas horas era necesario llevar a cabo ciertas prácticas devocionales y respetuosas, como acudir al cementerio, preparar la mesa o la cama a los muertos recientes de la familia y orar por ellos. Si la familia se mostraba dolida y respetuosa, el muerto se encontraría mejor a su regreso al purgatorio, o incluso podría ascender al cielo, mientras que se potenciaría su tormento en caso contrario. 

Evidentemente, esta creencia católica tiene respaldo en la celebración precristiana, puesto que en ella ya se llevaban a cabo muchas prácticas apotropaicas y devocionales hacia los difuntos que referían a un contacto excepcionalmente más cercano con ellos en esta fecha, pero quizá nos ha hecho perder el foco de otra serie de costumbres y creencias que se ligan a los muertos de forma más amplia y no sólo como materia de un único día. La oscuridad es el territorio del Mundo Invisible por excelencia. El folklore europeo lleva tejido desde sus inicios la dicotomía entre la luz y la oscuridad, que a su vez corresponden al plano celeste y al plano ctónico, a los vivos y a los muertos, al mundo visible y al invisible, al anverso del telar de la existencia y a su misterioso reverso. El Sol, con su luz, disipa los espíritus ctónicos actuando como apotropaico, y reina sobre el mundo visible. Al marcharse, las fronteras del mundo de los espíritus avanzan ávidamente y ganan terreno, conquistando nuestra realidad, ganando mucha más capacidad de actuar en ella. La noche es en cierto modo una inmersión en su mundo, y por lo tanto, en él, somos mucho más capaces de verlos, sentirlos y afectarnos mutuamente. De ahí a que la aplastante mayoría de historias de fantasmas y almas en pena, así como las experiencias fuera de la realidad ordinaria, se ubiquen en las horas nocturnas. 

La mitad oscura del año no deja de ser una larga noche, el tiempo en que la guardia diaria de los espíritus nocturnos y ctónicos es más larga. Es en este contexto en el que se ubica la celebración del Samaín, al borde del cambio de fase anual, tras las últimas luces crepusculares del ciclo, siendo el umbral que abrirá una amplia puerta en la muralla con la que la mitad clara del año cercaba el mundo de los vivos y lo separaba, al menos en gran parte (que no totalmente), del de los muertos. Así, podemos decir que efectivamente, los muertos “vienen” a nosotros rondando esta fecha, ¿pero realmente se van tras ella? 

El invierno sigue siendo el reinado de la noche y de los muertos más allá del Samaín, y existen una infinidad de leyendas no sólo de fantasmas solitarios, sino de hordas de muertos, cabalgatas nocturnas de ánimas, ejércitos fantasmales y procesiones espectrales ubicadas a lo largo de toda esta estación, desde Samhain hasta prácticamente las fiestas de mayo: es decir, durante toda la mitad oscura del año, hallando núcleos especialmente notables en el Día de Difuntos, las fiestas de diciembre (Santa Lucía, Navidad, Nochevieja, Epifanía), carnavales y por último el 1 de mayo, equivalente al Beltane celta. Estas leyendas, reunidas bajo el arquetipo de la Cacería Salvaje, otorgan una información muy interesante de los muertos: que ellos poseen su propio ciclo contrapuesto al nuestro, y a la llegada del otoño, cuando nosotros nos aletargamos y apagamos, ellos toman fuerza y ascienden en masa del Inframundo, de los ámbitos ctónicos, para invadir nuestra realidad y conquistar el mundo de los vivos a lo largo de todo el invierno hasta que la luz del sol los vuelva a desterrar. 

Si bien los muertos poseen su propio ciclo de ascenso y descenso, no resulta un ciclo aislado. Es un ciclo íntimamente enlazado con el de los vivos, porque sólo con esta alianza se da la existencia. Muertos y vivos giramos en la misma rueda, en un uróboros que se devora a si mismo y se da la vida con ello: la muerte se alimenta de vida y la vida de la muerte, y a nosotros a veces nos toca estar de un lado y a veces del otro. Cuando los muertos ascienden míticamente del Inframundo a la llegada del invierno lo hacen para ejercer una función a la fin fertilizadora de la tierra, generadora de vida. Ellos vienen a conquistar nuestro mundo para matar y desintegrar el viejo ciclo, engrosar sus filas alimentándose de la vida que no tiene fuerzas para seguir adelante y generar con su putrefacción el espacio y el medio fértil que permitirá a las semillas y a la nueva vida germinar cuando sea el momento. La muerte es la oportunidad de la transmutación y la regeneración: sin ella, el ciclo envejecería y se tornaría débil, estéril y miserable. Es la portadora de la fertilidad, y así se reflejaba en las divinidades ctónicas que respondían a estos dos conceptos, como Saturno, Perséfone y Demeter, Mari o Ataecina.



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