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Dark Souls y la esperanza

  

Dark Souls es, con diferencia, uno de los juegos más emotivos a los que he jugado en toda mi vida. Yo no quería que me gustase, de verdad, pero es que NO HE PODIDO EVITARLO. ¿Y por qué no quería que me gustase? Porque, durante años, TODO el mundo me había recomendado que lo jugase. Sí, lo sé, es una tontería por mi parte, pero ya sabéis. Además, solo me lo estaban vendiendo como una prueba para verdaderos gamers y yo no tenía por qué demostrarle nada a nadie.

Pero quiso la casualidad que @YanerLeFerox se EMPEÑASE en regalarme ese juego por mi cumpleaños. Y yo pensé “oh, no” pero ahora solo puedo pensar “oh, sí”. GRACIAS.

Así que, estando obligada a jugar, me enfrenté al desafío. Y JODER, menudo viaje… No es solo que tenga una forma única de contarnos su historia (y que te la puedas pasar por alto totalmente y disfrutarlo solo a nivel mecánico), sino que además tiene un mundo precioso y melancólico, unos personajes carismáticos y memorables y momentos MUY emotivos.

Recuerdo que, cuando me enfrenté a Sif, el majestuoso lobo gris cayó sobre un costado gimiendo pero se levantó para seguir luchando, aunque cojeaba. En ese momento dije “NO” en voz alta y empecé a alejarme de él pero, al ver su determinación, entendí que matarle era la única forma de acabar con su sufrimiento. Y, cuando todo terminó, no lo celebré. Solo dejé el mando a un lado y me eché a llorar. No era justo ni para él ni para mí lo que acababa de pasar.

¿Y qué me decís de la muerte de Solaire, eh? JODER. Eso SÍ que dolió. Todas mis esperanzas estaban puestas en él porque yo CONFIABA en que vendría en mi ayuda si le necesitaba, que era alguien estable en quien poder confiar y a quien sonreír cuando le encontraba. Me hizo TANTO daño perderlo. Pasé por todas las fases del duelo muy deprisa: primero me negué a creer que fuese él; luego me enfurecí y quise matarle a toda costa porque ese NO era MÍ Solaire; a continuación pensé que quizá solo era un tío que, de algún modo, le había robado la ropa y que seguro que le encontraría en la hoguera donde lo había visto por última vez (volví para comprobarlo); al ver que, sin lugar a dudas, Solaire había muerto, me entristecí mucho y dejé de jugar ese día; y, al final, acepté su muerte y decidí que, desde entonces, todo lo que haría sería por él. Por eso tenía que matar a Gwyn, porque él le había quitado sus poderes (creo firmemente que Solaire es el primogénito de Gwyn, por cierto).

Pero, si por algo voy a recordar este juego, es por el buen sabor de boca que me dejó. Creo que hay varias formas de interpretarlo, claro, pero mi visión sobre Dark Souls es que es un juego que enfrenta la esperanza con la desesperación (como si fuese Danganrompa, vamos). Y yo, que de natural soy tonta, lo veo como una historia sobre la victoria de la esperanza.

Dejad que me explique antes de pegarme, ¿vale?

Nada más empezar, el jugador se encuentra cautivo en una celda. No es hueco, no es humano, pero está esperando. ¿A qué? A nada, quizá. La cuestión es que alguien te ayuda a salir de allí, alguien te da la llave que lo empieza todo y esa misma persona, además, será quien te de los estus, una herramienta fundamental, tu única esperanza en ese viaje. Y lo que es más, resulta que ese mismo hombre te está regalando sus últimos momentos de vida. Él sabe que, después de legarte su historia familiar, los estus y las llaves, se volverá hueco. Y le atormenta la idea de hacerte daño al cambiar.

Cuando volví al Refugio de los no muertos más adelante, fui a buscarle específicamente para matarle ahora que seguramente ya sería hueco. Él no querría haber sido así.

Y el viaje comienza siendo confuso y aterrador. Cada enemigo que te encuentras es más poderoso que tú y lo único que puedes hacer es poner todo tu empeño en continuar hacia delante, aunque las cosas no pinten bien. Pero en ese momento te encuentras por primera vez con Solaire, que no solo es simpático contigo, sino que además se ofrece a AYUDARTE. Y joder si te ayuda. Porque, cuando llegas a la Parroquia de los no muertos y tienes que enfrentarte con las dos gárgolas es él quien viene en tu ayuda sin pedirte nada a cambio.

Por primera vez te sientes protegido, a salvo y, sobre todo, victorioso. Hay esperanza, se puede.

Solaire será una constante en este sentido porque, siempre que le necesites, él estará ahí, aunque solo sea como apoyo moral. De hecho, él puede ayudar en la que posiblemente es la prueba más dura del juego: Ornstein y Smough.

Cuando por fin has tocado las dos Campanas del Despertar, aparece en juego otro personaje importante: Frampt. Él te explica bastante a las claras qué es lo qué es lo que está pasando y cómo ese viaje está condenado a acabar de la forma más cruel posible. SABES que vas tener que sacrificarte… o sacrificar a los demás. Esto es algo que solamente intuyes hasta que ves de qué es capaz del Abismo, pero ese es otro tema.

Además, también es el momento en el que Sygmeyer toma su verdadero papel en toda esta historia. El simpático caballero de Catarina se revela en la Fortaleza de Sen y en Anor Londo como lo que realmente es: un inútil. Al menos si lo comparamos con el jugador. Pero, aun así, le ayudas. Sientes la necesidad de ayudarle. Porque, si Solaire te ha ayudado a ti, ¿por qué no deberías hacer tú lo mismo por Sygmeyer? Al final, las cosas en las que necesita ayuda son relativamente sencillas.

Y así, amigos míos, es como el jugador se transforma en Solaire. En el Solaire de Sygmeyer, al menos. La llama de la esperanza y la bondad desinteresada que el caballero de Astora encendió en nosotros ahora se extiende hacia el pobre caballero de Catarina.

Pero es en este punto cuando el juego y el jugado pasan un punto de inflexión. Después de acabar con Ornstein y Smough sentí, por primera vez, que lo tenía todo bajo control. Había sido algo paulatino, claro, un entrenamiento exigente que poco a poco había dado sus frutos. Allí estaba, habiendo derrotado a dos verdaderas bestias solo con la ayuda de mi Atronadora (el nombre de mi espada, que me acompañó a cada paso de esta aventura). Ahora me daba cuenta al fin de que era capaz de cualquier cosa. De que ahora ya no era una novata asustada corriendo y matando solo para defenderme, sino que me había transformado en una cazadora. Y, no tan curiosamente, eso es exactamente lo que el juego te pide que hagas, cazar.

Nito, el Lecho del Caos, los Cuatro Reyes, Seath e incluso el propio Gwyn son ahora presas. Y el jugador sabe que va a poder derrotarles. La esperanza ha ganado.

Ah, pero ese es el punto exacto en el que Solaire muere. Y, con él, todo parece perdido por un momento. Pero la verdad es que, por mucho que duela admitirlo, el juego está intentando decirte que, en efecto, ya no le necesitas. Nada de refuerzos, solo tú y tu aprendizaje. Puedes. Lo vas a hacer.

La pelea contra Gwyn vuelve a poner el tema de la esperanza contra la desesperación sobre la mesa. La música lo dice todo: da igual quién gane esa pelea porque, en realidad, no hay nada glorioso en lo que está pasando. Matar a un viejo senil solo va a conducirte a la muerte… o al Abismo.

¿Qué hacer?

Me habría gustado pensar en un tercer final intermedio en el que la Llama Primigenia se apaga, porque es algo que eventualmente DEBE suceder (yo solo seré una batería del mismo modo en que lo fue Gwyn, una solución temporal), y la humanidad ocupa el lugar que le corresponde mediante la cooperación. Yo creo en las personas a las que he conocido. Quiero a las personas que he conocido.

Pero solo tengo una de dos opciones. Y me encontré pensando “¿qué haría Solaire en mi lugar?” Solaire ayudaría a la gente, porque es lo que él sabía hace mejor que nadie. Y, si he de decidir entre prolongar no inevitable o el Abismo, confiaré en ellos y les daré la oportunidad de encontrar una solución. Les daré lo único que puedo darles: tiempo.

Con mi sacrificio, que está basado en la esperanza y que ha nacido de la esperanza que otros me han dado, yo les entrego esperanza.

Y esto, amigos míos, es Dark Souls.

Menuda maravilla.


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